Los ojos son grises pero miran en blanco y negro a su alrededor como si Billy Wilder fuera a decir en cualquier momento “Corten!” y todas aquellas personas paseando por la plaza llena de rosas y arbustos se pararan y encendieran cigarrillos aprovechando un descanso merecido, o hablaran entre ellos sobre el calor que daban aquellas chaquetas de paño en ese caluroso Julio. Pero no había director que parara cada escena matutina de camino al trabajo. Ella era tremendamente pensadora, hacía de cada gesto cotidiano un cuadro, un retrato, una pintura, un relato o una historia digna de contarse en su propia cabeza… poco más. Reparaba en la luz, las sombras de los árboles atravesando en diagonal el rostro de un hombre cruzando la calzada, los zapatos feos y gastados de las señoras que pensaban que justo ese desastre de zapatos describía su vida, los patos del río verde que tomaban el sol y metían la cabeza en el agua más por búsqueda de paz que de refresco.

El mundo giraba sin pararse, como siempre hace sin pensar en nadie; el mundo no retrocede, no asimila, simplemente va y va y va…  Cruza el tercer semáforo en rojo para peatones cumpliendo su primera desobediencia del día, digna en esos detalles que la historia no reconoce como heroicos, pero seguida por otros a los que animaba a mirar que no venían coches a pesar de todo, que no iban a ser arrollados, que no hay que esperar sin peligros órdenes de una luz. Es un pequeño triunfo que te sigan cuando cruzas un semáforo en rojo; es un detalle y ejemplo de cómo funciona el ejemplo más que la palabra jamás discutida.

Hoy hay ensaimadas recién hechas para desayunar pero pide café con hielo y sonríe a su camarero porque es el mejor “buenos días” de toda la ciudad. Las cuatro frases de cortesía, la primera broma de la mañana, el primer soplo de aire que te hace sentir que amaneció y que ayer ya no existe. Le asaltan las dudas y las facturas, los temas que jamás se cierran pero  persigue buscando respuestas, el cumpleaños de alguien cuya llamada de rigor no debe olvidar, devolver la llamada perdida a su madre, preguntarle a quien viajaba si llegó bien. El café frío sin azúcar ni sacarina. Mira el reloj, no por saber la hora que ya sabe intuir sino por comprobar que no está parado; una manía de su abuela que siempre advertía sobre la mala suerte de tener relojes parados en casa o en la muñeca porque te impiden avanzar. No creer en Dios y sí en la parada de los relojes no deja de hacerle gracia, pero igual la fe también depende de quién la inculca. Paga el café y guiña un ojo al camarero, es su gesto habitual de “gracias” cuando no lo verbaliza;   rompe en cien trozos la servilleta de papel donde dejó marcados los labios como la prueba de adn de que hoy también existió y estuvo allí.

Formas de vivir hay mil, le gusta repetirse, por eso hay gente feliz con lo que tú detestas y y gente infeliz con lo que a ti te gustaría vivir. Aprender es un estado constante de atención cuando no sólo se es curiosa sino yonki de entenderlo todo, como si entender eximiera de sentir.

Que nadie diga que no lo intenta, se repite cada día, que nadie diga que no busca ejemplos, lee, estudia, profundiza y observa para ampliar su forma de pensar, cambiar prejuicios, exigirse respuestas a su ideología, educación o experiencias. Y en su interior siempre hay un pepito grillo que le recuerda que la empatía real existe poco o nada, que nadie siente en otra piel lo que le ocurre, por mucha solidaridad o aprecio que muestre. Todos somos nuestras experiencias y todos somos únicos de verdad, irrepetibles. Los detalles son un mundo para cualquiera en una situación concreta y una tontería pasada por alto y obviada sin más para otro. Así pasa con todo.

Y, a veces, se plantea escribir sobre esto y también cree que a nadie le importa una mierda una reflexión de una cualquiera que está tan cuerda o loca como los demás y cuyos delirios podríamos gritar todos si quisiéramos.

Cuanto más lee, menos escribe, porque las ganas de ser escritor se pasan leyendo, dijo alguien alguna vez y así es. Es una verdad tan de ahogar la cabeza en gin tonic que asusta. ¿Dónde vas, bonita? ¿Dónde vas con esto cuando lees a Carter, Zweig, Berlín, Adón o miles de nombres más que acompañan tus estanterías? Dónde vas cuando lees relatos anónimos que llegan a tus manos y son jodidamente buenos y están llenos de grasa de las manos de un mecánico o de perfume de galería comercial abierto de lunes a domingo. No hay nada peor que imitar a aquello que admiras si no naciste con un don. No se puede ser Bucowski sólo por escribir borracho y tener ganas de follar.

Escribir es un don, como pintar o tocar el piano; te podrás formar en técnica, podrás ser enseñado y corregido por los más grandes y sin don seguirás siendo un mediocre. Y nada frustra más que ser un mediocre ¿verdad?

No piensa con desprecio en la palabra mediocre mientras ojea la agenda. Ser mediocre es ser más especial y distinto para algunos como ser lo más malo y despreciable para otros ¿Y?.¿ Acaso los triunfadores no tienen millones de lectores, detractores, críticos destructivos y masas de desconocidos riéndose de ellos en foros y redes sociales? Igual tienen la cartera más abultada que los mediocres como ella pero las mismas ganas, o la misma fuerza y … Oh, sorpresa, mucho mejor calidad literaria en todos los sentidos del análisis. O mucha menos, pero escribir no puede ser para todos medidos igual.

El arte no es un una hoja de contabilidad aunque  puede tener coordenadas de técnica, estética y rigor en cada uno de sus campos. Pero el arte tiene que hacer sentir. ¿Os acordáis del profesor Keating haciendo romper a sus alumnos aquel diagrama para medir la poesía? No encontraba mejor ejemplo para ilustrar este pensamiento mientras ordenaba libros en estantes. Quizás Lola Flores también sirva, “no cantaba una mierda, ni puta falta que le hacía”

Ser mediocres es ser la pareja perfecta de quien te ama y al que le pasa desapercibida el resto de posibles parejas más compatibles. Ser mediocre es hacer lo que te gusta y corregirlo mil veces hasta que para ti esté perfecto. Lo alabarán, lo criticarán.

Ser mediocre es intentar todos los días mejorar sin tener un club de fans ni perros falderos y celebrarlo. Porque los clubs de fans y los falderos se darán la vuelta y se irán el día que falles. No esperes lealtad del éxito.

Ser mediocre es querer aprender cada año de lo que aquel amigo te contó, de aquel golpe inesperado, de aquella reflexión de tu vecino, del que te recoge los paquetes cuando no estás y te reconoce días después en el bar. Aprender de cada detalle te hace fuerte, creativo. Necesitamos contadores de historias y para eso hay que vivir, escuchar tras las puertas, observar los gestos de la novia en la boda y del suegro en el entierro. Soñarlas, escupirlas, digerirlas y vomitarlas. Los vómitos son todo aquello que te sobra dentro de la cabeza, el corazón, el estómago y las entrañas de escritor. Hay que echar para dejar espacio a la nueva alimentación de historias futuras. Ser cada día un mediocre mejor.

Nos enseñaron a competir, a alimentarnos el ego y a acariciarnos la espalda con el éxito.

En el éxito hay muchas variables que no dependen de nosotros; la mediocridad creciendo como putos dioses depende del mediocre. La suerte no es azar, no es milagro, no es una mente privilegiada contando cartas en un casino ni una borrachera echando dados al aire. Es una sucesión de hechos concatenados, es una consecuencia de acciones personales que afectan a acciones de quienes nos rodean, que influyen en decisiones de aquellos con los que estos se relacionan… un efecto mariposa que suena romántico en “un movimiento de alas provoca un tsunami en otro lugar del mundo”, pero que a buen entendedor, poca metáfora hace falta.

Entra una señora en la librería y charlan sobre algunos títulos. Comparten algunos comentarios con un café en las manos. “Eres muy bonita-le dice- la suerte que no crees tener en algunas cosas, quizás esté en que no se hayan cumplido tus deseos “