La primera frase es la más importante. Para empezar un libro, quiero decir. Los finales pueden serlo también, pero ya sabemos que existen los finales que resumen la esencia de la historia, los que la dejan ahí, a buen entendedor y los cortantes como hielo, los menos barrocos y quizás más inquietantes. Pero una primera frase de un libro es esencial.
Total, que iba yo pensando en esto y recordando algunos inicios maravillosos y seleccionando mentalmente mis preferidos cuando he dicho ah, pues voy a escribir un post con las diez mejores frases que inician un libro. Y por qué diez, he seguido pensando, si a lo mejor sólo te entusiasman tres, o cinco o dos. Qué manía de encuadrar, hacer listas, redondear números y otorgarle aspecto de mala excel a cualquier bonito texto que no tiene por qué estar enumerado. Esa especie de bronca que me he echado sola (y que suelen ser habituales cuando me descubro encorsetándome en formas de pensar o evaluar o entender) ha concluido con un “no vas a escribir nada” porque tú ya sabes que es la primera frase de “Ana Karenina” la que te encanta, la entrada bárbara de “La señora Dalloway” la que siempre resaltas y quizás, apurando, el inicio de “El Guardián entre el centeno”, que ya para ti no es ni inicio ni fin porque esa novela parece construida, al completo, con una sola frase. Y todo esto, ya te lo sabes, no aprenderías nada nuevo ni tiene un interés más allá de ti digno de resaltar. Así que no voy a escribir una lista, sino una inercia.
La primera frase que dice al llegar a casa es “¿me has echado de menos?” y quizás las respuestas han ido variando tanto con el tiempo que ya solo sonrío mientras comienzo a hablar de cualquier otra cosa. Las respuestas varían y la pregunta nunca. ¿Serían entonces tan válidas las primeras frases de cada novela si con el tiempo reescribieran las historias y cambiaran las respuestas? Ay, pues yo qué sé, la verdad. Y vuelve la bronca a mi cabeza por preguntarme absurdeces. Pero sigo pensando en inercias; inercias perennes o inercias nómadas. Inercias que encajan perfectamente con un modo de vida que nos cuadra y al que no tenemos nada que objetarle porque está bien. Todos estamos bien y es común hablar de inercias como culpables y de nosotros como ovejas arrastradas por ellas, las inercias. Unas “partículas” que cualquier literatura envilece y las hace las brujas de las películas. Y hablo de ellas en plural porque son muchas: pequeñas, grandes, rápidas, lentas, mortales, graciosas… Inercias al fin y al cabo. Malas inercias cuando queremos deshacernos de responsabilidad, buenas inercias, cuando las llamamos “bonitas costumbres”. Al final las elegimos o no, más bien les damos el timón de tantas cosas que no podemos o queremos decidir y nos hacemos un poco los locos si un día fallan o no nos dan la emoción que produce arriesgarse a discutir con ellas. Menudo lío, eh. Discutir con una inercia, calla, calla. Emocionante, sí, pero qué lío…
Y que nos toque rehacer la novela entera! si con la primera frase de la historia ya podemos tener obra de arte para rato.
Algunas inercias tienen suerte: no las cuestionamos, las enderezamos si un día nos dan problemas, las asumimos como decisiones propias y tiramos con ellas al fin del mundo. Otras, en cambio, si se dejan ver rápido, si se desnudan ante nosotros y nos hacen cuestionarnos nuestra valentía, las echamos rápido, las matamos. No se pueden atrever a ponernos ante el espejo de forma tan poco elegante y enseñando cartas tan rápido. Una inercia tiene que saber jugar con nosotros y estar a nuestra altura, por supuesto. Tiene incluso que ser más lista que nosotros… O se queda en relato de páginas descosidas y nunca llegará a ser Orgullo y Prejuicio.
Pero nunca dejo de preguntarme si siempre es positivo que la inercia lista y envolvente nos haga la mejor novela de nuestra vida sin permitirnos cambiar una coma y negativa la inercia que descubrimos queriendo advertirnos de que nos dejamos embaucar por ella y que matamos haciendo un relato breve. No dejo de preguntármelo porque no sé si una sola frase escrita con firmeza por nosotros no tiene más valor que todas las obras literarias escritas por la inteligente inercia que decidió por nosotros. Y tampoco sé si unas manos sujetando la barbilla y la mandíbula mientras contestan “a ti” tras preguntar un “qué miras”, son las manos que iniciarían novelas o cerrarían el relato más breve de mi vida.