Era Septiembre aquel año en el que, caminando tras aparcar el coche cien calles más abajo, oí a aquel perro ladrar tras la puerta metálica azul de lo que me parecía un almacén. Cerrada por fuera con cadena y candado, aquella puerta azul parecía pertenecer a los de la frutería de la esquina, o eso me inventé durante los años que viví en aquel barrio de aquella ciudad. Supongo que una se hace ideas fijas de suposiciones sacadas de lo cotidiano; se cree verdades que nadie le ha confirmado jamás, se convence de conocer aquello que sólo ha pensado al azar y termina haciendo una verdad absoluta de una fugaz sensación nacida de algo que llamamos “sentido común”, ese que es menos común que sentido o el menos común de todos ellos pero que a veces nos juega fatales pasadas. Como era un almacén de la frutería de la esquina, os decía, aquel perro que ladraba al pasar de la gente, tenía que ser de los dueños y allí lo tenían al pobre durante toda la jornada laboral con un triste cacharro de agua y pienso del malo, no siendo esto lo peor, seguía yo pensando, sino la tristeza de estar todo el día solo y abandonado y ladrando pidiendo atención.
Yo solía pasar a menudo por esa calle, ya que cruzaba directa al estanco, a la panadería y además me permitía ver la parte de atrás del colegio y fumarme un cigarro viendo a los críos jugar al fútbol, ya fuera de sus clases y obligaciones, con aquellas mochilas tiradas en el suelo llenas de polvo. Una de esas tardes pensé en llamar a la policía. Fue fugaz, casi inconsciente, ni tengo recuerdos de haber estructurado bien aquel pensamiento, pero lo tuve. Fue aquella sensación de “y si…”.
No sé los días que pasaron, quizás fueron semanas, otra vez lo cotidiano me hace dudar entre si fue mucho o poco tiempo porque mis rutinas me impiden hacer memoria, pero sí sé que lo oí ladrar algunas más veces. Una tarde, en mi misma ruta  y pensando a saber en qué imbecilidad importantísima del día, aquella puerta azul metálica no me devolvió ningún ladrido; todo en silencio, todo en orden. Pasé de largo, casi celebrando que no ladrara porque mira, ya estaba acompañado al final de una jornada de trabajo de sus dueños y alguien lo estaría acariciando por fin.
Leí poco después aquel recuadro minúsculo en una esquina de “La Verdad”. Ese periódico que compraba todos los domingos por la mañana junto a unos cuatro más para llenar mi salón de aroma a tinta negra y a papel brillante de los suplementos; todo un paquete enorme de páginas y páginas que me llevaba toda la mañana desmenuzar y que eran mi rato privado dominical junto al café y las tostadas.
Lo habían sacado muerto. Un pastor alemán. Abandonado en aquel almacén de puerta metálica azul cuya foto era lo único que ilustraba la noticia. Un almacén cerrado que no pertenecía a nadie del barrio.  Alguien había avisado por el mal olor que desprendía hacia la calle. Aun revivo ese instante como una de las sensaciones más horribles que he sentido jamás. La sensación de que estuvo en mi mano y no hice nada. Recuerdo frases de consuelo que me repitieron los que me quieren hasta la extenuación: “no podías saberlo” “qué ibas a imaginar tú…”. Pero es que lo tuve en mi cabeza; tuve el momento preciso de querer llamar a la policía aquella vez. Esa alarma, de alguna forma, la sentí, la pensé. Ese “y si…” ¿Por qué no le hice caso a esa intuición por fugaz que fuera? . Me es imposible superar la sensación de haber estado tan segura de que ese almacén era de la frutería, de que aquel perro tendría dueños que lo acariciaran, de que aquel perro esperaba un fin de jornada de buenas personas que no tenían dónde dejarlo y lo llevaban cerca de ellos, al lado de donde estaban trabajando. ¿Por qué estaba tan segura de algo así y sin embargo no estuve segura de que necesitaba ayuda? ¿Por qué no llamé a la policía conforme se me pasó por la cabeza? ¿Por qué no pude parar un minuto allí, en esa puerta un instante más y pensar, pensar, pensar…?
No son pocas las veces que me vienen aquellos ladridos a la cabeza. Quizás como aquellos corderos balando de Clarice. Lo peor es que por encima de la pena o la rabia, siempre siento vergüenza. Uno siempre puede hacer más de lo que hace. Uno puede parar su vida un instante, dejar de ser el ombligo que lleva prisa y tiene cientos de pensamientos que solucionar, urgentes e importantes, y prestar atención a los ladridos; sacarlos de los sonidos cotidianos, ponerlos en su justo contexto y descubrir que la verdad no es evidente, o al menos, no tiene que ser tu verdad.