Sabes cuando quieres de verdad por cómo son los pensamientos que te asaltan cuando menos te lo esperas, cuando aún queriendo evitarlos a toda costa percibes que la mente, los latidos, el dolor de estómago, el calor de la piel, las lágrimas en los ojos tienen vida propia y no te obedecen. Y no solo es lo que provocan, sino los propios pensamientos los que te envían la certeza de que quieres de verdad. Cuando te sorprendes en tu propio dolor y en silencio deseando que esté bien, que esté sonriendo, que le esté yendo como quiere, que todo le salga como espera. Cuando te sorprendes pensando en cómo le coges la mano mientras duerme o conduce, escribe o viaja con cualquier mano cerca que no es la tuya o simplemente en soledad… La pones ahí como si tuvieras poderes secretos para cuidarlo sin que nadie lo sepa. Cuando deseas con todas tus fuerzas que se ría a carcajadas, que se divierta, que se levante y acueste con música que lo ponga de buen humor, que nada lo enfade o altere.
Y el dolor no acaba ni se esfuma, y el echar de menos no es aleatorio ni momentáneo; es permanente y, sin embargo, añoras sobre todo aquellas cosas que solo tienen que ver con su ser y no con lo que “fue” juntos: su voz, su conversación, su risa, sus gustos, sus canciones, su letra, sus sueños, sus certezas, lo que amaba, lo que anhelaba, lo que es, en una palabra, sin un solo rasgo tuyo en la ecuación. Lo quieres cerca pero lo amas igual lejos. Añoras el juntos pero lo amas igual sin que te ame, duele lo perdido pero eso no lo cambia en su esencia. Necesitas saber que existe y que se levanta y desayuna, se ducha y se viste, pasea y trabaja, besa y silba, se ríe y bromea, necesitas saber que lo que amas es feliz y perfilas su silueta dentro de tu cabeza para que esa certeza te pare el dolor vulgar que produce el amor egoísta de necesitarlo contigo.
Y solo así consigues pasar un día más hasta que llega la noche.