Sabía que no debía hacer aquel viaje, que todas las cosas que dejaba fuera de la maleta eran precisamente las que acabaría necesitando y que la lluvia nunca le era buena compañera, a pesar de su romántico repicar contra las baldosas y su insistente melodía arbitraria.
Estaba seguro de que no volvería a verla y aquello; previsto, analizado y asumido era una pesadilla. ¿Por qué nos pasamos la vida haciendo cosas que no queremos, perdiendo a personas que sí queremos, luchando por metas que no nos interesan, llorando por sueños que nunca conseguimos? Las respuestas nunca nos llenan el estómago, nos dejan con la sensación de hambre insaciable y con la impotencia de no ser nunca suficiente para vomitar una sola verdad que palie el dolor.
No le gusta la maleta. La mira y recuerda que ya no le gustaba cuando la compró, ya le pareció entonces, hace como seis años, triste, vulgar y con la inevitable intención de romperse por las esquinas por la piel torpemente cosida. Pero tenía prisa entonces, como cada día de su vida y no lo pensó mucho más, solo era una maleta. Las maletas son desastres, pensaba ahora, para cualquier mortal debe ser el peor acompañante necesariamente. Las maletas son el desastre de los pobres, eso es, asentía pensado en ello con firmeza. Nunca te llevan a nada bueno, suelen sacarte de tu hogar o de tus recuerdos, de al lado de ella, me va a llevar lejos de ella… Una triste, vieja y sucia maleta te obliga a apartarte de ella. Un objeto tiene la culpa de todo, eso es.
La abre de nuevo, mira con tristeza aquella ropa que no reconoce por llevar tanto tiempo escondida dentro del armario, ese libro que subrayó sentado en una mesa de bar para leerle algunos pasajes cuando la llamara por la noche desde la cabina de teléfono mientras la oía, sí, la oía sonreír al otro lado. Abre la cubierta, lee la dedicatoria con la letra desordenada pero dulce que le escribió “Anochécete conmigo” y firmaba. Pasa los dedos sobre cada una de las curvas que el lápiz dibujó, se detiene en la ce porque es la inicial de su nombre y ve la curva de su risa en ella, como en un ensueño encuentra el dibujo de sus cejas y el de sus pestañas, es la ce de sus comisuras y la de su cuello, la de sus caderas y la de su cintura. Deja caer el libro de nuevo en la maleta y cree que su mano ha caído dentro con él cerrando toda posibilidad de volver a tocar su letra, su inicial, su nombre. Cierra la maleta mojando la piel vieja con algo que parecen lágrimas y maldice el día que la compró por ir con prisas.

Colette