De repente, todas las palabras perdieron su sentido; las reales, las figuradas, las inventadas, todas. Desplomadas sobre el suelo haciendo un socavón profundo y llenándolo todo de un polvo gris intragable, me recuerdan que yo también pensé en algún momento que igual solo eran palabras pero, aún así, las creí, las viví, las disfruté, las sonreí, las lloré, las hice mías.

“Los momentos cambian”. Con esa sentencia de muerte me quedé agonizando durante horas. Cada sílaba palpitando en mi pecho y llenando de sabor a óxido mi boca como si borbotones de sangre me la llenaran.

Un día te rescatan y otro te hunden. Y así de absurda pasa esta vida, entre creer que se puede y que te contesten que no.

Siempre acabo llevando razón y no creo que haya nada que me haga más infeliz que eso.