La gasolinera es la única luz en medio de la nada en la que se convierte este lugar cuando el invierno sopla al final de las tardes. Entro y sonrío, Alberto saluda como siempre, efusivo, haciendo seis preguntas seguidas, cortesías y bromas a partes iguales en las que incluye sus comentarios sobre mi cara de ese día “vaya día llevamos, no?” “Uff, a mí no me vengas con prisas que ni te atiendo” “No fumes tanto, anda” “Ya tengo café con vainilla para la guapa del día”… Le pido azúcar, necesito azúcar. No, no, chocolatinas no, un sobre de azúcar. Me mira y me lo trae desde la máquina del café. No te preocupes, le advierto, mientras lo abro y me lo tomo despacio. Alberto está casado y tiene dos hijas, no recuerdo las edades aunque me lo ha dicho varias veces, pero pequeñas, muy pequeñas. Llevo cuatro años llenando el depósito allí porque es el único que me da efectivo de la caja para la máquina de tabaco y me lo cobra al repostar con tarjeta. Soy un desastre para llevar efectivo encima… Soy un desastre para casi todo pero hay determinadas cosas que ya son costumbres, malas o buenas, y la de ir al cajero me da tanta pereza como poner la segunda cafetera del día.

Le cuento que llevo un mal día, que había olvidado comer y que no tenía ganas de volver a casa. Llevaba horas dando vueltas con el coche, había estado en la playa hasta que me había helado de frío y volvía en el coche pensando en un sobre de azúcar. Azúcar moreno, para ser exactos, pero bueno, blanco me servía. Alberto me ofrece de todo; bocadillo, empanadilla, zumo, coca cola, snacks,  a lo que niego con la cabeza y murmuro gracias.

Nos hemos salido a la puerta de la gasolinera, quiero fumar pero allí no se puede, nos acercamos a la parte de atrás donde los rodillos azules inmensos lavan un Seat León blanco con el conductor y dos niños dentro mirando la maravilla rodar sobre los cristales llenos de espuma. Hablamos del  tiempo, sobre la luna de esa noche, sobre el precio de la gasolina, sobre el desastre de las elecciones, sobre la incertidumbre política. Se va de mi lado a atender a unos clientes, me abrocho la cazadora, me apoyo en la pared, me miro las botas y me ato los cordones desechos de una de ellas.  Siento la nariz roja, fría y las lágrimas en los ojos del viento inusual que hace esa noche. No sé qué hora es, no llevo reloj y el móvil está en el bolso dentro del coche. Calculo que las nueve y recuerdo que es viernes. Alberto vuelve comentando que al día siguiente tienen una fiesta de carnaval infantil, que van a llevar a las niñas y que por fin libra un sábado. ¿Has llorado? me pregunta. No, no, respondo, es este puto viento. Me refiero a antes, antes del azúcar. No, vuelvo a contestar y le cuento que yo tengo que trabajar el fin de semana y que estoy deseando coger vacaciones. Aunque no sé para qué, pienso para mí.

Llega una patrulla de la Guardia Civil, aparcan al lado de mi coche y entran a tomar un café. Alberto me susurra algo así como “voy a atender a estos cabrones” y me río. Se gira hacia mí tras dar unos pasos, me mueve la mano de arriba a abajo en un gesto de “te voy a dar…” y se mete dentro de la gasolinera.

Me separo de la pared, saco las manos de los bolsillos, miro una nube a lo lejos que parece una sonrisa enorme bajo un corderillo blanco. Me monto en el coche, arranco, enciendo un cigarro, hago el gesto de poner la radio, otra costumbre absurda que no pierdo aunque no me funciona desde hace ni se sabe. Llevo arrugado en la mano el sobre de azúcar, lo abro pensando que tendrá una de esas frases célebres de mierda que parece que te dicen algo en el momento adecuado. Pero no, la marca del café que lo distribuye por un lado, blanco pulcro por el otro. Es que ni eso, joder.