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Jon tiene 28 años y un gesto serio que dulcifica con una mirada llena de brillo y destellos caoba cuando le da el sol. La cabeza apoyada en el cristal del autobús como cada mañana, perdidos los pensamientos en repasos cotidianos mezclados con los ruidos de la calle, el claxon de la moto, el soniquete del semáforo en verde para invidentes. Lleva demasiadas mañanas repitiéndose que los hombres no sufren por amor y que a él le contaron desde que tenía cuatro años que él era un hombre. Y aquella sentencia continua estaba presente en cada acto y en cada decisión de su vida, como una losa inamovible, como un trozo de mármol que cae sonoro y limpio sobre cualquier otro sentimiento. Ser un hombre era no desear nada de lo que no se tenía, no pedir nada que no te dieran, no besar nunca primero, no responder con pasión a las caricias, no demostrar que te afectaba ni un ápice un problema, no llorar, por supuesto, no llorar como máxima. Aunque te reventara el pecho, aunque te asfixiaras de impotencia y aún sabiendo que las lágrimas están hechas para ello. Nunca hizo nada de eso para ser un hombre, que es lo que le contaron que era desde los seis años. Ahora son veintiocho y no sabe cómo se hace. Como no sabría escribir si le hubieran dicho que aquello no era cosa de hombres.

Ahí está, con la frente apoyada en el cristal del autobús a punto de perder a la mujer a la que quiere porque no sabe decírselo. Y no es que no sepa pronunciar esas dos palabras, no, es que no sabe transmitirlo más allá de estar con ella como uno más, hablar de todo con aparente normalidad mientras un pinzamiento le agarra desde la espalda a las piernas como un látigo que le obliga a estar perfectamente amable y a su disposición pero sin un solo gesto que le delate. Ha pasado la “prueba” en múltiples ocasiones: Acompañándola a casa después de tomar unas copas con los amigos, evitando la mirada coqueta de ella que le pedía aunque fuera un mísero beso de despedida en la comisura de los labios, escuchando música mientras recopilaban textos para un nuevo encargo en la oficina, sonriendo como todo respuesta a las preguntas de ella para conocer si salía con alguien, si pensaba en otra mujer, si, en fin, habría alguna posibilidad de quedar alguna vez. Incluso acertó a limpiarle las lágrimas de las mejillas el día que ella perdió a su padre y posó la cabeza sobre su pecho buscando el calor amigo. Ni un paso más. Le mata esa intuición que tiene de que ella no es para él, por mucho que la desee.

Claudia tiene treinta años, un lunar en la mejilla y se recoge el pelo en un moño alto ante el espejo. Ha encendido el móvil y suenan pitidos de notificaciones mientras escucha en la radio la última encuesta pre electoral. Decide de forma rápida que esa tarde irá a cortarse el pelo, a cambiar aquellos pantalones que no le convencen y a darle un beso a su madre al pasar por la floristería donde trabaja. Cosas pequeñas de día vulgar. Mira de reojo los mensajes mientras mordisquea una manzana y lee a Jon dando los buenos días junto a un archivo adjunto para repasar juntos. «Qué romántico», murmura mientras sonríe. Hace tiempo que dejó de intentarlo. Y sigue teniendo la intuición de que él ha dado cada paso de su vida para encontrarse con ella, que ella misma pasó su adolescencia de modo tranquilo y sin enamorarse como las demás porque no existía nadie como él, como él ahora que lo ha conocido y puede olerle tan cerca de su piel. Y decide que esa tarde igual se acercará a su rostro, acariciará su mandíbula y su mejilla y hará que su aliento la necesite.

Al final, los secretos compartidos no esperan más que ser desvelados por las certezas que da una intuición. Y ella lo sabe.

Publicado en Noviembre 2015 en Revista Eñe http://revistaparaleer.com/participa/de-certezas-y-secretos-de-raquel-carrasco/