Tiene los ojos claros, la sonrisa grande y le gustan los pijamas rojos. Sigue con el dedo las líneas que va leyendo en los libros que compra guiada por las imágenes de las portadas o sus títulos. Es su criterio infalible. Como con las personas, sabe que nunca falla su instinto al ver la mirada de un rostro.

  Ha cocinado mazapanes y bizcocho de canela y ha preparado café. Ha cruzado las piernas sobre el sofá mientras mordisquea un mazapán con forma de árbol de Navidad. Se toca descuidada alguna peca nueva sobre la piel y frunce el ceño. No las aprueba.  Los años que han pasado desde que aprendió a cocinar le han dado fuerza suficiente para afrontar todos los platos que se le han quemado. Y quitar pan quemado de la tostada se le da bien.

  Le siguen llegando postales desde algún país desconocido y con letras muy pequeñas para que quepan muchas palabras bonitas, pero ella solo mira la foto intentando reconocer los detalles del color y la textura de la ciudad de donde procede y la guarda entre algún libro que sabe seguro no volverá abrir nunca más.

  Está poniendo música mientras piensa que quizás podría volver a clases de baile, que hace tiempo que sus movimientos son torpes porque ya solo los hace a solas, sobre zapatillas de ballet blancas que reservó de la hoguera de recuerdos. Se mira en el espejo del salón, se recoge el pelo en un moño bajo, se quita el pijama rojo, se mira con curiosidad y sube sobre las puntas de sus pies en un rápido movimiento. Y se tensan los músculos de todo su cuerpo recogiendo con cariño todo el esfuerzo de tantos años pero sin la seguridad de entonces. Se deja caer en plie y quiere sonreír pero apenas puede respirar de emoción.

  Le decía a menudo que ella era la mujer de su vida. Cada mañana al despertar le pasaba los dedos por la barbilla, por la nariz y le hacía cosquillas con la boca sobre el cuello. Le decía a menudo que ella era la mujer de su vida y que vivía para verla bailar. Y ella le creía porque aquellos ojos eran los ojos de la verdad, de su verdad absoluta, de su única verdad. Aquella mirada era el cristal de luz en el que creía desde que empezó a recogerla de clase de ballet. Aquellas manos eran las mismas que la había enseñado a tocarle, con las que había aprendido a dibujar, a cocinar, a conducir, a acariciar, a descubrir. Y aquella boca, era la boca donde ella se perdía al mirarlo.

  Le dice la imagen del espejo que descanse, que no puede ya tensar tan rápido los muslos, que no lo intente. También le dice muchas más cosas pero ella no escucha. Fuera llueve y está pendiente del sonido del agua, del olor a invierno, del color de la habitación al atardecer, de las luces de la tormenta. Y dentro, dentro de ella se mueven sus ganas de quererle aún, de bailarle fuera y dentro de aquella cama donde crecieron y se hicieron más amantes que amigos, más vida que recuerdos. Y también se mira las cicatrices, las de fuera y las de dentro. Dentro y fuera. Todo se divide así en su vida y en sus creencias: dentro o fuera. No hay más lugar donde estar. Ya no.

  Le decía por las mañanas que viajara con él hasta aquel lugar que le enseñaba en un libro que a ella le parecía vulgar. Tapas feas, cartón malo, fotografía fea, título malo, letras feas, autor malo. Y ella sonreía y decía te quiero. Y él sonreía y también decía te quiero.

  Ha dejado de mirarse en el espejo y recoge el pijama rojo del suelo. No se lo pone. En ropa interior sale al jardín y se deja mojar. Por dentro, por fuera. Como quedó todo cuando él se marchó. Mojada por dentro como cuando ella eligió bailar. Mojada por fuera, como cuando dejó de hacerlo.