Nada

  

Tenía las manos trenzadas, rugosas y pálidas. Con inocua sensación de hastío, con pesadez de viernes santo, con tristeza de perro viejo sin dueño.

   Los ángeles en los que alguna vez creyó estaban disipados entre la maleza de los recuerdos llenos de suciedad, repletos de crudeza y casados con los miedos de siempre.

   Aún así, el café sigue oliendo a café por las mañanas así que por ello se levanta y se mira en el espejo. Un cristal que pierde brillo y que le devuelve ojos opacos. Pero espejo al fin y al cabo, nada que no muestre la realidad por mucho que invente su silueta cada día antes de vestirse y dirigirse al mundo.

   Sube la cuesta con agilidad, nada en su ropa, en sus gestos o en su caminar denota el cansancio del corazón ni la indeferencia de sus sentimientos. Nada en él es transparente porque aprendió a vivir como los demás. Sin nada que reprocharle a nadie porque de nadie esperó nunca nada. Sin nada que regalarle a nadie porque tampoco se lo pidieron jamás. Sin caricias ni abrazos que demostraran nada de lo que no sentía, sin obligación y sin derecho, sin promesas cumplidas porque no existieron.

   Cinco escalones hasta el trabajo: uno, dos, tres, cuatro, cinco. Máquina de café amarilla chillona que le abofetea al llegar ante ella mientras escupe agua y polvos de color con sabor a mediocridad.

   Lo saludos, las alegrías de las chicas al llegar, los buenos días. Desfiles de minifaldas, perfumes conocidos y sonrisas tan de buena mañana que le dan ganas de llorar. No las envidia, en realidad no las soporta, no por la aparente felicidad sino por estar seguro que esconden tras tanta carne humana, la misma miseria que él.

   Pasar las horas, asentir con la cabeza, contestar con monosílabos y vuelta a casa. Se mira las manos al llegar, trenzadas, rugosas aunque menos pálidas por la actividad. Y sabe que ese rosado es efímero, que huele a salud que no quiere, que muestra riego sanguíneo que no siente y que todo volverá a ser pálido al despertar.