Una brisa agradable entra por la ventana de la cocina. Se agradece después de un día de calor asfixiante. Recién duchada, con la camiseta de algodón más vieja del armario, descalza y dispuesta a retomar aquel libro pendiente después de un mes de trabajo agotador, saco una botella de vino. Me quedan un par de botellas de ALKORTA. Pues ese mismo.

Música muy alta de Alberto Iglesias de fondo y aún así oigo al niño de los vecinos lloriquear porque no quiere cenar. Sonrío, es un crío simpático que me besa cuando nos cruzamos en la calle y con el que mantengo siempre la misma conversación: qué bien hueles! Ummm… tú también. Y lanza besos al aire con la mano. Críos.

Saco el abridor del cajón de los cubiertos y me siento en el alféizar de la ventana mientras clavo aquel hierro a traición en el corcho. Observo la esquina de esa luna, la calle vacía mientras le doy vueltas al abridor y al plan de trabajo del día siguiente, y sacudo la cabeza en un gesto estúpido con el que creo que puedo quitarme habitualmente de la mente cualquier problema. No funciona. El abridor tampoco. Es endeble, el corcho se resiste y yo no tengo ni maña ni fuerza, ni ganas, ni paciencia. Tiro de él con fuerza y se parte en dos haciéndome un corte en el dedo. Sangra, poco pero molesta. Salto del alféizar, abro el grifo, meto la mano debajo del agua y corre con un color rosáceo al mezclarse con la sangre. No sé cuanto tiempo estoy así porque he empezado a llorar sin darme cuenta, con lágrimas a borbotones como en los dibujos animados, con respiración entrecortada de rabieta infantil, con dolor en el pecho, con flojedad en las rodillas, con tan mal perder que estrello la copa de cristal vacía contra la pared de la cocina mientras resbalo al suelo y me quedo sentada limpiándome la cara con la manga de la camiseta.

Con los últimos coletazos de la rabieta me recojo el pelo. Nunca he podido soportar el pelo rozándome la nuca en ningún tipo de “crisis”, es lo primero que tengo que despejar para poder pensar.

Recuerdo la película de Isabel Coixet “Cosas que nunca te dije”. Aquella escena en la que una mujer busca desesperadamente helado “Capuchino Conmotion” en el supermercado y no les queda. Y rompe a llorar. Intentan sorprendidos consolarla ofreciéndole otros sabores pero es inútil. Ella quería ese. Y no hay. Verme algo reflejada en ese momento ridículo me hace sonreír, me hace sentir algo de vergüenza y a la vez le ha quitado toda la importancia al momento, lo ha vuelto todo una escena ridícula conmigo dentro, más ridícula aún. Pero me perdono, me hago trampas a mí misma, me disculpo como una niña y hago como que no pasa nada sabiéndome tramposa. Yo siempre sé lo que me pasa, por mucho ruido que cree alrededor para no tener que oírlo.

 Amanece y retumba en el baño la voz de Pepa Bueno mientras me ducho. La musiquilla de la Ser me acompaña mientras me miro al espejo y escondo los daños de la noche anterior con un poco de antiojeras y de maquillaje. El olor a almizcle y a vainilla del perfume me pone casi de tan buen humor como sus buenos días, como su caricia que huele a café… Sonrío al espejo. Sonrío mucho… Es un efecto mariposa que se repite todas las mañanas y casi en silencio murmuro “gracias”. Yo también conozco esas palabras que con tanta intensidad saben acariciar. A veces lo sabe, a veces no. A veces lo quiere, a veces no.

De alguna forma siempre acabamos aprendiendo a vivir nuestras propias historias sin que tenga importancia el cómo, el por qué o incluso el final. Si no somos capaces de disfrutar como fieras el durante, para qué quieres responderte a tantas preguntas. Hace ya años que dejé de ser de ese tipo de personas que, aludiendo a su inteligencia, a su responsabilidad y a su impecable madurez se convierten en analistas científicos de las actitudes y los sentimientos de los demás. Un coñazo es lo que son, un claro ejemplo de consejos constantes de los que ya no quiere nadie. Lo que queremos es vivir. Y cuanto menos nos parezcamos al de al lado, mejor. Queremos felicidad única, privada, que nadie pueda compararla con la suya, queremos nuestro derecho a una pequeña parcela de sentimientos que sólo nosotros conozcamos, un rincón donde reír a solas, donde llorar a solas, donde excitarnos a solas, donde nadie entre, donde nadie nos encuentre, donde nadie juzgue, donde nadie opine, donde poder construir un dolmen de emociones que solo a ti te importan, que solo tú conoces y disfrutas hasta morir de placer. Y eso supone equivocarnos o no, disfrutar de detalles, ya nadie cree en grandes cosas pero sí en experimentar algo más allá de lo que los limpios de todo error proponen.

 Pensando en eso acabo de pintarme los labios, cosa que casi nunca hago, pero voy a darme un empujón hoy, un palito en el culo que me haga dar un salto hacia delante y volver al punto de salida donde me coloco cada día como carrera de fondo. Imagino que anda ocupado y como no sabe que lo necesito pues tampoco tenemos ese disgusto, ¿no? Eso tampoco implica que yo no tenga ganas de acariciarle el pelo, de tocarle las mejillas o de decirle que anoche finalmente puse esa película en la que solemos acabar él y yo como lugar común de tantas noches.

Hubo un tiempo en el que podíamos mantener una conversación sólo a través de fotogramas de películas. Nos preguntábamos y contestábamos eligiendo la escena adecuada. Nos hacíamos reír y aquello duraba hasta que uno de los dos perdía completamente el hilo. Además, solía ser yo. Él es infinitamente más listo que yo. Tan listo como obstinado, tan inteligente como cabezota, tan dulce como empeño pone en su acidez, tan hastiado de todo como entusiasta, tan amante de las pequeñas cosas como incrédulo con tantas otras, tan difícil de convencer y a la vez tan convincente y tan convencido… tan cauto, tan perpetuo, tan acertado. Es infinitamente, a secas. Me voy a permitir la licencia de inventarlo para él. Como todo lo demás. Como ese quitarle la ropa con prisas, como ese ir en el coche y subir la música para no notar que se me eriza la piel al recordar palabras quizás ya dichas hace demasiado tiempo, como esa sensación de piel erotizada constante que nuca había conocido, que no se parece a nada… Ese rozarme la mano y que se erice la piel del hombro, tocarme el pelo y notarlo en el pecho, ese desnudarme y que la ropa al caer me provoque escalofríos, ese morderme el labio y saber que es el suyo. Infinitamente, él. Y por eso no pienso acabarle, porque de alguien así no se regresa jamás, que dice el poema.

 Y mientras, todo lo demás, hoy como hace quince años, me sigue pareciendo vulgar. La calle, los semáforos, mi trabajo, los saludos educados, los rancios cafés de la máquina, las conversaciones que no me interesan, los sueños que ya no construyo, las personas que dejaron de ser de verdad, los ángeles de la guarda que renunciaron a las alas para parecer comunes, los viajes a ninguna parte con la maleta llena, los trenes sin humo, el sexo sin amor. Todo me parece vulgar. Todo lo que sale de la burbuja en la que le dejo respirar conmigo, es vulgar. Yo le guardo el sitio privilegiado, una esquina de ángulo recto en una perfecta luna redonda, la esquina de esa luna llena que me contempla con el último cigarro, el hielo del mejor whisky, los mejores versos de la mejor canción, sí, esa canción, los pequeños toques de baquetas, el último pensamiento antes de dormir, este querer absurdo de palabras dentro de un cuento, la ciudad donde me gusta enmarcarle, el ángulo perfecto de fotografías antiguas, el querer que me prefiera sin lucharlo,  el último suspiro de cualquier domingo, la eterna ingravidez que lo sustenta todo, la risa de complicidad, los susurros inexistentes, las noches cualquiera, un fin de año cualquiera, un cualquiera infinito.

 lunaY si cae la noche, que siempre cae afortunadamente, los corchos de las botellas se siguen resistiendo aunque yo sigo sentándome en el alféizar de la ventana a mirar la calle, a contemplar desde allí los pensamientos que aún me hacen feliz, la calle húmeda, la esquina de esa luna donde no somos tú y yo, donde hay multitud y por eso no es perfecta.

No siempre se rompe el abridor, no siempre me sangra una herida, no siempre acaba el cristal en mil añicos por el suelo. No siempre Isabel Coixet me escribe guiones a medida. Y yo casi nunca lloro.

Amanece. Y la música de La Ser inunda el baño. Buenos días.