Imagen   “Solo los verdaderamente apasionados pueden ser verdaderamente fríos” (J. Bergamín)

     Las manos  de ella sobre la cabeza sujetadas contra la pared. La mano libre de él bajo la camisa buscando levantar el sujetador con un gesto experto. Los labios entreabiertos buscan labios entreabiertos, lengua ávida, saliva y dedos que rozan comisuras como agarrando el abismo. Las piernas que se separan en gestos reflejos, las bragas húmedas, la erección precipitada, los besos pasajeros.

Piden deseos entre flujos salados, lloran a veces cuando se visten, se ríen cuando se corren, se despiden con una llamada rápida cada noche.

El corazón lleno, la mente alimentada de sueños, las noche de soledad llena de realidad, ojala nos hubiéramos abrazado una vez más.

 No necesitar, no querer, no prometer, no tener expectativas, como oración perpetua en la que creen para evitar el dolor. Engañados como cualquiera se engaña con oraciones inventadas por miedos, engañados como si se pudiera dominar el dolor por el simple hecho de no nombrarlo.

Las bragas húmedas, los dedos entre ellas, el pelo rozando su nariz, el aliento de sus gemidos se mezcla con la música que tararean.

 Como si se pudiera dominar el dolor, como si solo pronunciar su nombre no doliera en la garganta, como si rezar en silencio consignas de indeferencia te consiguiera treguas extras en los sentimientos. Como si la inteligencia y el control eximieran de querer.

Como si se pudiera…

 Los ojos claros, los labios que te amanecen sobre el pecho, la mandíbula casi obscena que te sonríe desde la cama… La verdad del adiós, el vacío de los discos que ya no suenan, el color opaco de  cristales que eran transparentes, el olor a sexo en la habitación, la dulzura de las manos, el culo del vaso de whisky en la mesa.

 Las manos contra la pared, sobre la cabeza, la mano libre de él buscando el pecho bajo la tela que separa el corazón del pezón, la comodidad de la locura, la valentía del tormento, la honradez del miedo. Los labios entreabiertos buscan labios entreabiertos, la lengua ávida, saliva y dedos que rozan… Caer sobre ella con todo el peso de su cuerpo, con todo el peso de sus ganas, con todo el peso de las esperas, de las tensiones, del miedo al deseo… con todo el peso.

 No necesitar, no querer, no prometer… Como si se pudiera

 El pelo revuelto, el cigarro en la boca, las cosquillas del viento que entra frío y se cuela entre sus piernas, la ropa en el suelo, los libros subrayados, la puerta entreabierta, el fuego fuera, el fuego dentro, la mancha de humedad en el techo, el no te vayas, el no te vayas nunca, el calla que estoy aquí, el roce de la mano en la mano, el yo no quería querer.

 Los ojos limpios, las bragas húmedas, las manos sobre la cabeza, los libros muertos, las oraciones perdidas, el abrazo sin respirar, las palabras no pronunciadas,  las dichas hasta gritar, los colores de los azulejos, el suelo frío, los muslos calientes, la saliva en el ombligo, los dibujos en las servilletas, las fotos rotas, los orgasmos a la vez, los besos caducados, las risas del café.

 No necesitar, no querer, no prometer. No vivir, no temer.  Como si se pudiera.

Relato publicado en la Antología “Recuerdo Incorruptible”

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