erwitt_valencia_1952    Repican los tacones de sus zapatos azul marino que imitan a los de piel, ya viejos y gastados, sobre los adoquines húmedos de lluvia mientras camina hacia el trabajo. Con pasos cortos, los que le permite la falda estrecha por debajo de la rodilla, sube las escaleras hacia el segundo piso impregnada la nariz helada del aroma a merengues, torrijas y rosquillas que sube de la panadería de la esquina.

    Cuelga el abrigo en el perchero y se calienta las manos nerviosa mientras corre a la ventana mirando su pequeño reloj de muñeca. Tres minutos, dos minutos y ahí vuelve la esquina él, con paso rápido, los pantalones gastados, la chaqueta remendada y su sombrero. Ella salta hacia atrás y se esconde tras las cortinas poniendo su corazón a correr al ritmo de los pasos de él. Con esos ojos pequeños, las arruguitas de expresión alrededor, la barba de varios días descuidada y que sale de modo azaroso…

            -Niña, a trabajar- le increpan las compañeras guiñándole un ojo-

 

Todos los días repite ese ritual desde hace un año, pensando algunas veces en esperar en la calle para saludarlo y arrepintiéndose de no hacerlo cada día cuando ya está tras la cortina. A veces, él hace ademán de mirar hacia la ventana y por momentos cree que va a saludarla pero son sólo cruce  de miradas casuales.

 

Los domingos huelen las calles a churros y chocolate, a  buñuelos de crema, a café con leche y ella plancha su vestido para ir al baile. Se mira en el espejo, la media melena castaña sobre los hombros, los ojos color miel, la nariz pequeña, los hombros redondeados a la medida de sus caderas. De nuevo el repicar de los tacones, siempre altos en domingo, la llevan con piernas temblorosas y cogida del brazo de sus tres amigas a aquel recinto de tierra con la misma orquesta de siempre, la única que ella recuerda desde cría, como una estampa de los años 20, como una postal de cartón mojado que repiten el mismo mensaje a través del tiempo. Y ahí está él. Al fondo de la barra, rodeado siempre de los hombres mayores del pueblo, con un vaso en la mano y un cigarro en la otra, aparentemente ajeno a las borracheras de los chicos de su edad. Alguna vez la saluda a lo lejos con un gesto tibio, pero no siempre. Ella se sienta y habla con sus amigas toda la tarde mientras intenta ignorar cuando él baila con la hija del panadero, que siempre lleva un vestido de lunares con escote redondo, usa medias de cristal caras y el pelo recogido en un moño muy alto. O cuando habla largo rato con la hermana pequeña de la modista, alta, guapa, con labios rojos y ojos negros. Mientras, los chicos del pueblo se acercan  a sacarla a bailar y ella sonríe y niega con la cabeza  una y otra vez, cada domingo, de cada semana, de cada mes.

A veces llega el lunes y vuelve al trabajo antes de la hora para estar sola, tomar el café tranquila y empezar a trabajar obligándose a no mirar desde la ventana. Y lo consigue. Sólo el lunes. El resto de la semana la pasa escuchando a sus amigas elegir vestido para el baile, las deja que le prueben nuevas combinaciones de colores, remienda sus medias con mimo, las manos cortadas por el frío y por los alfileres del taller. Y cada día, de cada semana, de cada mes, la sonrisa en la cara el día que él miró hacia la ventana, la tristeza infinita el día que no…

Interminables domingos repetidos, de orquesta de cartón piedra, de música alegre para todo un pueblo,  de verlo al final de la barra, rodeado de hombres mayores, fumando, bebiendo y bailando entre telas caras de lunares y medias de cristal.

Y, también domingo, fue ese fin de año, en el que el baile se alargó horas pero no así su espera. En los ojos miel, esa noche era triste, desarmada, sin fuerza para hablar.

El gran amigo que la coge por la cintura, la saca a la pista a bailar a la fuerza: Baila conmigo, pareces tonta, casi le grita.

Y niega con la cabeza como siempre, como cada domingo, de cada semana, de cada mes, de cada año y sale del recinto con paso rápido, rajada la falda de la fuerza de los pasos a la vez que el alma o el estómago, a juzgar por lo que le indican sus nauseas.

Pasos que se le acercan, que la agarran del brazo y la giran hacia él. Le quita con los dedos el rosa de los labios y se lo extiende en las mejillas

– Necesitas que te de el sol- le sonríe

– Algún día iré a ver el mar y tomaré mucho el sol-

 Los ojos con lágrimas, la voz quebrada.

-Tranquilo, se me pasará-

-Es que yo no quiero que se te pase-

 Lo espera ahora en una casa con una chimenea y un solo dormitorio donde antes de dormir ella acaricia ese anillo que le hizo con un aro de acero y un grano de café que lacó en color bermellón simulando un rubí. Lo espera siempre envuelta en olor a ropa limpia, a café y a bizcocho de canela.

Lo espera, a la salida del camino para verlo llegar a la hora de siempre, con el sombrero tan viejo como cada sueño, con la frente quemada por el sol, con las arruguillas de los ojos que la miran a lo lejos. Con la ropa llena de polvo, las manos manchadas de tierra, la media sonrisa de hombre serio. Lo espera dando saltitos impaciente sobre sí misma, con la cara de niña, con el amar de mujer, con el querer de los años, con la falda bajo las rodillas, con las medias remendadas.

Le lee él por las noches mientras ella prepara la cena, le pinta con trazo infantil mares inmensos, con barcos sobre él hechos con palillos, trozos de tela para la vela, dos granos de café sobre el  mástil para que parezca una bandera pirata.

Le aparta el pelo de la nuca y besa con cuidado ese lunar que siempre estuvo ahí, incluso cuando él no lo había visto y  recuerda que ella ya era guapa antes de que él lo supiera. Un lunar como grano de café, le dijo la primera vez que lo vio. Y, pensando en ese lunar, creó aquel anillo con el que se lo dijo todo sin hablar.

 La aprieta contra su pecho, la besa, busca bajo la camisa de algodón gastado y acaricia sus pezones haciendo círculos de su propia saliva y tornando la piel blanca de todo su cuerpo en el tono rosáceo del calor del deseo.

-Hoy es domingo, vamos a ir a bailar- susurra él al oído-

-No iremos. A ti no te gusta bailar- contesta ella

-¿Cómo lo sabes?-

-Porque nunca bailaste conmigo-

-Pero siempre supe que eras lista. Siempre supe que entenderías que, a veces, se quiere con las manos, otras con las palabras y una sola vez en la vida, con unos granos de café.