mujer en la cama

-La grabadora está lista, cuando quiera Don Álvaro-

– Álvaro, por favor –

-De acuerdo, Álvaro, cuéntame, ¿cómo conoció a Rebeca Marín?-

– Expuse en Madrid, en la Galería Central, una colección de dibujos que iba a determinar si seguiría o no ganándome la vida con lo que me gusta hacer. Ya llevaba tres exposiciones con éxito modesto y aunque no estaba desanimado empezaba a no resultarme imprescindible mostrar lo que hacía. Rebeca seguía mis trabajos desde el principio, desde aquellas exposiciones en cafeterías del centro de Madrid. Por lo visto venía desde Salamanca a verlas. Tomaba fotos, buscaba reseñas en prensa local sobre mí y me dio un empujón importante dedicándome un especial en su programa de radio; también modesto pero seguido por personas bien relacionadas en el mundo del arte. No la conocía personalmente pero cuando cerré las fechas para la exposición en La Galería le hice llegar una invitación.

La vi  observando uno de los cuadros con una copa de vino en la mano, con un pantalón pitillo negro y una camisa roja holgada en la que le adiviné una figura menuda y ligera. Llevaba una mochila de piel marrón colgada en la espalda y unas botas de ante. Tenía el pelo color miel y unos ojos claros que me sonrieron más que sus labios al saludarme. Me di cuenta de que estaba nerviosa y me hizo sentir como una gran estrella del cine alimentando mi siempre presente ego masculino.

Hablamos toda la tarde, tomamos alguna copa más,  salimos de la Galería y fuimos a cenar a un restaurante en la misma calle. Un local sencillo con música en directo.

Me habló de mis dibujos con un detalle y un perfecto conocimiento que me dejó sin palabras. Hay ciertos análisis que las personas amantes del arte hacen y que pueden  superar las pretensiones del propio autor. ¿No te parece que a veces un crítico de cine puede contar cosas sobre una película que quizás su guionista o director nunca tuvieron en cuenta? Pues así me sentí yo. Me encantaba oírla hablar sobre mis dibujos con plena seguridad en sus análisis, muy acertados en algunos casos, disparatados en otros. Pero era delicioso escucharla hablar. Ya no estaba nerviosa y descubrí que le gustaba. Y mucho. Y me lo hacía ver. Lo hacía sintiéndose segura, sin rastro de coquetería o exhibicionismo, no, era discreta y me gustó. Así que, no siendo yo tampoco muy amigo de palabras que adornen los grandes momentos rocé sus manos y su hombro en el café y fuimos a mi casa.

Fue ella la que me besó en el ascensor, la que permaneció pegada  a mí mientras abría la puerta y la que se apoyó sobre ella al cerrarla. Sonreía, con las mejillas sonrosadas, los ojos entornados. Dijo: Si me rozas… Y lo hice. Con sólo rozarla se deshizo entre mis dedos como papel mojado.

Le pedí que se quedara unos días en Madrid. Apenas salimos de casa en semanas, nos levantábamos tarde, cocinábamos juntos, nos besábamos todo el día, a cada instante. Ella leía a ratos, yo intentaba dibujar sin éxito. Se sentaba sobre la mesa dónde trabajaba, con el pelo recogido con uno de mis lápices staedtler del número 1, y movía su culo sobre lo que yo dibujaba emborronando la cuartilla, destrozando el trabajo de horas, haciéndome feliz y no puedo explicar por qué. Sólo era una mujer. Y a mí me gustan todas.  Me hablaba sobre lo que estaba leyendo sin que yo le preguntara mientras jugaba con mis carboncillos entre sus manos. Pasaba sus dedos sobre los dibujos, emborronaba cada intento que yo hacía de dibujar su rostro. No me dibujarás como a las demás, me decía, yo estoy aquí.  Llenaba la yema de los dedos con carboncillo y lo extendía por todo el papel, abría los tubos de óleo, llenaba la habitación de olor a pinturas, a aceites que se mezclaban con el de su piel. Era enloquecedor tenerla cerca. Restregaba sus manos por sus pechos, entre los muslos, me cogía las manos y me hacía dibujar sobre su ombligo, sobre sus pezones, sobre toda su piel con todos los colores de mis pinceles. Terminábamos extasiados en cualquier rincón de aquella mesa. Y no, no era sólo sexo, aquello era sencillamente divertido, sin pretensiones. Un entusiasmo con el que sabíamos jugar en cada momento, la complicidad en  la  mirada…      Por las mañanas, al despertar, la oía desde la cama con ese ritual repetido, preparando café, el bailar de sus pies sobre el suelo de la cocina, el sonido de las cucharillas al rozar las tazas, sus manos buscando el azúcar entre los armarios. Cuando el aroma del café inundaba la casa, ponía todos los días la misma canción y subía el volumen al máximo. Yo sabía que me llamaba cantando como una adolescente enfurecida en su primer concierto. Bruce Springsteen, BADLANDS en directo, uno y otro día, cada mañana.

“I’m caught in a crossfire that I don’t understand.
But there’s one thing I know for sure girl”

Bajaba a buscarla, sonriendo, adivinándola ya bailando con la cafetera entre las manos, la camiseta blanca sobre su pecho desnudo, el pelo revuelto y los ojos grises  recién abiertos.  Y ahí estaba haciéndole una segunda voz a Bruce, en un solo tono más elevado, en un susurro quebrado con esa voz tibia de locutora profesional. Moviendo los hombros y la cintura al mismo tiempo. Podría haberme pasado la vida mirando como hacía eso cada mañana, del mismo modo, con la misma energía, con la misma canción. Una y otra vez.

Se giraba, me miraba, me hacia un mohín con la nariz a modo de saludo y seguía bailando para mi.

“That it aint no sin to be glad you’re alive.
I wanna find one face that aint looking through me”

Y seguía moviendo la cintura, mordiendo las palabras, hacienda que las braguitas fueran cayendo al ritmo de la voz de Bruce,  hasta sus caderas,  más abajo, resbalando al ritmo de la canción por sus muslos. Y más abajo.  Deslizándose al ritmo de la canción, al ritmo de la canción… acariciando cada rincón de sus piernas hasta que rozaban el suelo.

 “You gotta live it every day
Let the broken hearts stand” ……….For the ones who had a notion, a notion deep inside
That it aint no sin to be glad you’re alive.
I wanna find one face that aint looking through me

 Y daba un saltito hacia mí dejándolas en el suelo, abrazaba mi cuello con fuerza, como una niña buscaba mi boca, saltaba a mi cintura y me hacía retroceder hasta la pared. Siempre preparada, podía penetrarla en segundos cada vez que me lo pedía entre susurros y en un momento hacía que me corriera como un chiquillo, con tal fuerza que me zumbaban los oídos.

Cuanto mejor era el día que pasábamos juntos, antes desaparecía yo a la mañana siguiente. No la llamaba, no regresaba a dormir, no quería que supiera nada de mí. No era crueldad, no pienses, era necesidad de alejarme. No quería necesitarla. Supongo que en esos momentos ella pensaba que lo había soñado todo, que aquello no era real más que en su imaginación.

Yo soy un tipo vulgar, discreto,  con gustos sencillos. Puedo pasar la vida dibujando, leyendo, tomando una copa con un amigo. No necesito muchas cosas y tampoco sé que puedo ofrecer….

Cuando regresaba ella seguía allí, jamás me preguntó nada, ni sobre aquellas escapadas ni sobre mi vida privada. Nuestras conversaciones se limitaban a nuestras cosas en común, a sus proyectos inmediatos en la radio, a mi próxima exposición y a momentos tan dulces que deseaba que me incomodaran, no quería necesitarla…

-Disculpa, Álvaro, en el programa que Rebeca le dedicó podríamos adivinar que eres cualquier cosa menos un hombre vulgar…-

– Ella me adora.-   No sé muy bien por qué, es la verdad, pero es la única persona que ha logrado conocerme bien a través de mi escasa conversación, de mis dibujos, de los libros que leo… Es lista… Por eso se fue. En mi tercera escapada no la encontré al regresar. Y me sentí aliviado. Triste, sí, pero aliviado. No tendría que quererla, si no estaba allí yo tampoco estaría loco por ella.

La escucho desde aquel día todas las mañanas en la radio. Han pasado tres años y me despierto con su voz cerca de mi cama. Aún sé cuando me está dedicando una palabra, un comentario, una reflexión o una canción. Cada vez que lo hace sonrío tanto por dentro que me cuesta respirar.

-¿Por qué ha querido hacer esta entrevista?-

– Expongo en Londres en dos semanas y ella aparece en el mejor lugar de la exposición. Sé que le gustará, aunque lo niegue.

-¿No es eso una excusa?-

– Leerá esta entrevista. Como hace con todo lo que tiene que ver conmigo.  Quiero que sepa que su sueño también fue el mío.

-¿Se arrepiente?-

– ¿Arrepentirme? Yo la quise así.

BADLANDS http://www.youtube.com/watch?v=U0ExmL4LzCk