A mi amigo Juan A. Fernández

En tu casa eras Juanito. En tu casa, en la pandilla y en todo el barrio. Juanito. Serio, callado, arisco y a veces hasta antipático. Creo que me dejaste ser tu amiga porque fui la única persona que te llamó Juan desde el principio.

Te recuerdo en el cine de verano cuando nos llevaban a ver películas de Parchís. Te sentabas a mi lado y era verdaderamente aburrido porque no hablabas nada aunque compartiéramos las pipas. Jugábamos en verano en la calle con el resto de los niños hasta que una tarde viniste a por mi a casa: Quieres venir a ver “V” conmigo?

Y vimos V muchos domingos, nosotros íbamos con los malos, nos encantaba verlos comer ratones y yo suspiraba por haber tenido esa melena morena de Diana. Vimos ET, y Lady Halcón. Me enseñaste a jugar a las damas y al ajedrez, todo en medio de lo que a mi se me antojaba demasiado silencio y yo intentaba paliar con la sensación de hablar sóla. En San Juan hacíamos nuestra propia hoguera y solíamos quemar aquellos juguetes que odiábamos desde la Navidad anterior. Eso sí, te enfadabas a menudo. Si tardaba en bajar, si hablaba con los otros niños, si me iba pronto a casa, si creías que no te estaba escuchando.  Un puñetero estúpido es lo que eras. Pero muy listo. Y muy noble. Y con una mirada bonita y limpia que nunca perdiste con el paso de los años. Yo nunca dejé de ir a buscarte ni un solo día después de tus enfados. Te decía: Tú eres tonto, no! Y te reías. Nos reíamos de todo, eso sí, con una complicidad preciosa que no necesitaba explicaciones, podíamos reírnos durante horas de la misma tontería.

Algo más mayores nos cambiábamos libros, apuntes, discos. Cambiamos las damas por los conciertos y el ajedrez por el cine. Una tarde, en tu casa, vi un libro de una tal Colette.

-¿Quién es?

– Una escritora francesa

– Colette suena a nombre de zorra- dije sin mucha intención

– Perfecto, entonces- te reíste- Me gustan las zorras!

Me contaste muchas cosas sobre ella aquella tarde y me apuntaste, como curiosidad, que había muerto el mismo día de mi cumpleaños. Y te dio por llamarme Colette. Una tontería que pensé que se te pasaría pronto, pero me equivoqué. Ya no hubo modo de cambiar aquello.

 Cuando cambié de ciudad para ir a la Universidad estuviste dos meses sin hablarme. Yo bajaba por las noches a la cabina para llamarte y sólo conseguía hablar con tu madre. Aquellos ataques de posesión absurdos cuando jamás hablamos nada sobre nosotros, me enfadaban mucho. Pero tampoco entonces dejé de llamarte nunca hasta que se te pasaba.

 –  Juan, necesito un seudónimo para presentar un cuento a un concurso- te conté-

–    Tú ya tienes seudónimo

–      No lo voy a usar, es nombre de zorra y tú dejarás de llamarme así algún día, no?

–       Sí lo usarás, sí…-

Y lo usé. Para aquel concurso, para los que vinieron después, para escribir en la revista de la Universidad. Aunque nadie más que tú me llamara así muy a mi pesar.

Los dos tuvimos alguna relación con otras personas esos años, aunque manteníamos al menos una cena juntos al mes , para mantenernos informados y hablar de un montón de cosas que no solíamos hablar con el resto de la gente, ya fuera política, cine, literatura o tu pasión por los perros.

Conociste a Elena, casi tan guapa y buena como tú. ¿Te gusta? Me encanta, Juan.  Tu boda fue la única divertida que recuerdo. Todos los amigos de entonces reunidos y bailando hasta el amanecer. Me traías la quinta copa en la mano, la cogí y me dijiste: “Sabes que estás en mi corazón, ¿ no?”

Recuerdo aquella frase porque fue la única vez que me dijiste algo mínimamente cariñoso, mínimamente íntimo. Eras tan diferente a mí en todo…

¿En tu corazón?- contesté- Pero si ni siquiera sabes mi nombre. Y sonreíste. Y asentiste. Pero no lo dijiste. No dijiste mi nombre. Ni ese día ni nunca.

 A pesar de ser arisco, antipático, seco, impertinente y un montón de cosas más que con el tiempo ni siquiera los considero defectos, yo sabía quien eras.

 Ya hace cuatro años que no estás. Y yo también te llevo en el corazón. Y utilizo Colette siempre que escribo. Aunque no quiero que nadie me llame así. Es nombre de zorra y además, nunca me gustó.