“¿Es que no ves que haces tierra fértil de tu sonrisa?”

La tierra que hueles húmeda es esa que trabajó el campesino, que araron las mujeres de  aldea para albergar los sueños. Fueron sueños de tantos que escribieron poemas y recitaron canciones  mientras brindaban con vinos añejos.

La tierra que hueles roja es aquella que enciende algunas de tus noches. Es esa que separa el faro desde donde te miro del bosque en el que te escondes.

La tierra que ahora tocas es la que hizo ese cordón umbilical desde tus labios a los míos. La que llena el camino para que desaparezca la distancia entre miradas. Es esa tierra que mastico, dulce, cuando me acaricia tu palabra dicha desde el cerro que ya no transito.

La tierra que tocas es la que se escapa entre mis manos y araña mis piernas como cristales que derramas sin querer, sin saberlo. Con la ingenuidad perfecta de tu dulzura. Con el punto justo de arisca tormenta.

Es tierra que haces fértil con esa sonrisa, con la boca más bonita que he visto nunca, con el eco de tu voz entre las montañas y que recojo con mi escote para que entre de lleno en mi corazón.

La tierra que mojas con tu saliva es la tierra que quiero. La que humedeces a fuerza de cuidarla, mimarla y trabajarla con la sabiduría del campesino y que me envías embotellada en dulces dosis de vida.

La tierra que ves desde el rincón al que acudes cuando buscas silencio es la tierra que, en secreto, acaricio cuando voy tras de ti sin tú saberlo.

Y veo tus huellas. Respiro tu aliento, huelo tu cuerpo tierno y escucho el sonido que hace el roce de tu mano jugando con mi falda. Me dice que eres tú, que estás ahí, que no te vas, que no desapareces, que no hay otro, que no tenga miedo.

Y amo cada rincón de tu ausencia como parte de esta tierra que compartimos.

La tierra que otros cuidaron, que otros mimaron. La tierra de tus abuelos, la de los míos, la tierra que nos preñó el alma de libertad, de esa libertad que no pueden quitarnos.

La tierra que pisas es la única. La única que vuelve a florecer cada mañana cuando desde tu cerro silbas, soplas bajito o gritas riendo. La de tu cara, la de tu calma, cariño.