Hay una práctica sexual habitual entre los sadomasoquistas que consiste en la negación del orgasmo. Llevarte una y otra vez hasta el umbral del clímax y abandonarte para que no lo consigas. Sin ahondar en este tema desconocido para mí, es una práctica que hecha con mimo hasta tiene su gracia. Prueba a hacer esto con los sentimientos sin echarte a llorar, sin hacer o que te hagan daño, sin que explote un pastel delicioso en la cara.  Sin que el punto más álgido de tu momento no coincida con un final mordaz.

Te enseñé durante meses las mismas páginas de un libro abierto para que pudieras oler el papel, para que olieras la tinta, para que leyeras el título, el prólogo, el nudo, el desenlace, el final, el epílogo. Y hundiste tu nariz entre ellas con todo el cariño del que fuiste capaz, acariciando el cartón de la portada como propia, respondiendo a mis caricias como el gran hombre que eres. Oliste mi literatura como si fuera la última y cambiaste tu gran poder por el suave gemido de mis suspiros al verte. Como un ángel de la guarda al que yo  no llamé y ahí estaba.

Prueba a hacer eso de lo que aquella película hablaba, prueba  eso que llaman querer con la mente, follar con la mente, ese sentimiento medio progre medio intelectual, a caballo entre el buen gusto y el mejor y más puro de los romanticismos. Admirable. Pero pruébalo. Prueba el no saber cómo sabe tu aliento, cómo sabe tu cuello, cómo tu saliva recorre mi cuello, prueba a sentir cómo me muevo cuando buscas entre mis bragas las ansias de ti. Prueba a no encontrar aromas, sabores, a no sentir la humedad entre tú y yo. Será que sólo tú y yo conocemos  ese momento en el que rozas  tu cuerpo con el mío. Sólo entre tú y yo está el sabor de cada mordisco con sonrisa, el guiño de ojo cuando acaricio la marca del cinturón al bajarte el pantalón. El roce de mi muslo con tu erección.

Prueba a saber qué significa ese cigarro que enciendes cuando has apagado la luz para que me contemple sólo el silencio. Prueba a conocer  cuales han sido los últimos minutos de tu día antes de llegar y esconderte entre mis piernas.  Prueba.

Yo ya he probado. Yo ya lo se. Yo ya he recorrido un trayecto y vuelto mil veces. Cada instante sin ti es un borrador de mal gusto, un mal trago que apago en humo, una canción de quinceañera que no me apetece volver a oír. He probado a hundir mi cara en la almohada cada mañana al escucharte, a oler tu ausencia como zumo  que empapa la mañana. Como café de hora punta. He probado a cruzar las piernas muy fuerte para no sentirte entre ellas, he aprendido a mirar para otro lado, a apagar la luz, a cerrar el libro, a no escuchar música, a no fumar, a no andar ese trecho que separa tu espacio del mío. He probado a imaginar que eres tan mortal que pareces ridículo, he probado a escuchar voces de mesura, de madurez, de tranquilidad, de mujer independiente que sabe lo que hace. He probado a huir, como las cobardes. He probado a salivar como los perros de Paulov ante tu gesto despreocupado. He usado tu camiseta para dormir, como todas. He usado mis ojos para que te pierdas en ellos. La última vez apenas pudiste salir de  ellos. He dominado mis palabras para acariciarte con la punta de ellas. He dormido en el silencio de las horas en las que no estás.

Y el resultado de tanta ingravidez es esto. Que no vale, que no es lícito, que no lo quiero, que no lo quieres, que no hace falta. Que cada instante de preludio de orgasmo es mío y lo quiero y  te apartas para evitarlo y me vuelves loca. Que ya, que vale, que ya.

Hay que ser valiente y cerrar las páginas de ese libro que te muestro una y otra vez como si no existieran más letras que escribir. Hazme sitio, hazte sitio.

Decía Baudelaire que al escritor no se le debe ver entre sus escritos. Vete a la mierda Baudelaire. Y déjame llorar como la Magdalena aquello que no se defender como mujer.