Dibujo Madrid gran via

“Desear con el corazón elude responsabilidad pero convierte la materia en polvo”

    En tres, dos, un paso más y ahí estás. Con vaqueros y camiseta azul marino me sonríes mientras me tocas el pelo a modo de saludo. ¿Has desayunado? Tu voz limpia, grave, sin fisuras me acompaña en ese café caliente que ya huele a Madrid. 

Y bajamos por Atocha con ilusión entre las manos mientras la conversación ligera se apropia de mí. Te miro y planeo analizarte más detenidamente en otro momento, cuando esas gotas de agua que caen del cielo, más con aire traicionero que romántico, me dejen pensar. Y miras al cielo sorprendido y giras tus manos hacia él intentando coger el agua. Y resbala.  Y entramos en la calle de Alcalá donde el bullicio de una manifestación  tapa nuestras voces. Y tiro de tu brazo y nos metemos de lleno entre las risas de estudiantes y sus reivindicaciones gritando esas consignas conocidas desde hace tantos años atrás. Y te ríes. Y en tres, dos, un paso más, me río.   

Y camino como en una película muda donde cada gesto no es acompañado por  ninguna palabra. A pesar del ruido, a pesar del jaleo. Totalmente ensordecida mientras tu perfil camina a mi lado e incluso puede que me hable. El pelo castaño, los ojos pequeños. Y me sacas de un tirón del bullicio. Y hacemos un par de fotos rápidas con aquel librero viejo. Dos libros perdidos esperando encontrarnos. Buceando entre hojas amarillas te enseño alguno mientras niegas con la cabeza. Un paseo entre calles buscando un antiguo colegio. Y un helado. Y te miro y empiezo a verte.

Y  pasan las horas. Y entramos en ese bar de Lavapiés con barra pringosa y castiza. Y te sientas en el taburete  y me cuentas ese viaje reciente mientras te secas el pelo con las manos. Has puesto la mano en mi rodilla y espero no temblar. Y entro al aseo y dejo correr el agua del grifo como si cayeran así los borbotones de miedo que me embargan. Y pongo las manos debajo e intento coger el agua. Se escapa. Y el espejo me devuelve mi imagen con el pelo húmedo, ya despeinado y los labios sin color. Y decido que ya no hay retoque que valga.

Y me siento a tu lado y brindo contigo y nos reímos de algo que  dice el camarero mientras pone la segunda caña. Y en tres, dos, uno suena el sólo final de guitarra de “Sultan of Swing” mientras miras mi aspecto diciendo: Así que esta eres tú…Y frunzo el ceño. Y te ríes. Y enciendes un Marlboro y me lo pasas. Me encanta que hagas eso. Y comemos de pie en otra barra de bar, con las botas llenas de barro y las mejillas entrando en calor. Y me enseñas las fotos del cine Rodi de Cuba, de la Plaza Roja y de cientos de sitios donde has estado y de los que me cuentas un trozo que hago mío. Y nos sentamos en ese bar de Malasaña a tomar un tequila primero y algún whisky después y a ratos escribo en los posavasos detalles que tú acabas dibujando mejor.  Y finjo que lo olvidaría si no lo hiciera. Y me haces preguntas cortas y me cuentas cosas triviales o no. Que vienes unos días. Lo que te gusta Lisboa. Tus días en Moscú. Y llega el café del reproche rápido. Y no te hago caso. Solías poner mi corazón patas arriba, incluso mi cuerpo pero ya no mi vida. Y asientes. Porque lo sabes. Lo sabemos.

Y miro el reloj. Tarde para la exposición de Hopper. Ni falta que hace, contestas. Y en tres, dos, uno te siento tan cerca. Y los botones de mi camisa blanca cobran vida propia  y quieren desabrocharse sin orden ni mesura.  Me concentro en un punto lejano del bar, en las fotos en blanco y negro de la pared, en la música que suena lejana. Y en tres, dos, uno son los Rolling Stones. Y no conozco el título pero la canto. Y tú conoces la canción pero me miras.

Y salimos del bar dejando atrás el día entre las paredes del barrio de Madrid que nos encanta y en tres, dos, uno me apoyas contra la pared y rozas tu nariz con la mía y acercas tu boca a mi cuello y no me besas, me comes. Y algo susurras que no entiendo. Ni quiero. Así no tendré que olvidarlo.

Y subimos la escalera de aquel hotel que mira a la Gran vía sin distinguir nuestras siluetas  del aire que de modo entrecortado respiramos. Y pasa la tarde y pasa la  ciudad y pasa la lluvia y también pasa que te tengo y te respiro y te huelo y te siento. Y me asomo al balcón para mirar desde allí el cartel de Schweepps que me señalas cogido a mi cintura mientras yo sólo miro al dedo. Se convierte en el paisaje único que quiero. Y apenas hablas, nunca dijiste mucho. Un poco por carácter, un mucho de pose. Conmigo, decías, no hacía  falta. Y las sábanas se vuelven saladas. Y en tres, dos y un orgasmo más te miro: Así que este eres tú, te digo. Sonríes. Te pellizco. Y empapada de ti aún, anochece y volvemos a las calles de Madrid a morir de nuevo. Y en tres, dos, uno, te pierdo.