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Nunca he escrito sobre el Che.  Ni siquiera lo he hecho en la intimidad, como diría alguien. No me atrevo.  No me atrevo a elegir mal las palabras, a alejarme ni un ápice de su realidad, a resultar demasiado doncella o amante excesiva en mi interpretación  y quizás llegar a ofender a todo aquel que lo admira y pudiera, a su vez, leerme. Nunca he escrito sobre  Ernesto Guevara y tampoco voy a hacerlo ahora.

Sobre el Che no se escribe. Al Che Guevara, se le lee. Y se le lee para entender que los ideales no se transmiten desde una tribuna vomitando a borbotones lecturas y conocimientos ante un pueblo que apenas te entiende. Los ideales se transmiten con palabras claras, llanas, de fácil lectura y sencilla aplicación en el ejercicio de los derechos de cada uno de nosotros. Y cuando se trabaja para el pueblo, se sabe. No son posibles dobles lecturas, interpretaciones o dudas. Para eso se le lee. “Prefiero siempre estar en contacto directo con el pueblo, incluso cuando se dice de alguno de los que hemos dirigido esta Revolución de fulano, se expresan una serie de elogios desmedidos, me pongo a pensar sinceramente, en la masa de campesinos, que sí hicieron la Revolución. Todos ustedes, señores, son los verdaderos triunfadores de la Revolución (…).  Los ideales nacen de la sencillez del objetivo: “Así como debemos estar todos unidos frente al peligro común que nos amenaza, deben estar unidos todos los obreros entre sí, y deben irse fusionándose los sindicatos para constituir bloques realmente fuertes que puedan oponer una voz multitudinaria cada vez que la agresión de los patronos quiera sobarse sobre la masa del pueblo” (Discurso en El Pedrero, 8 de febrero de 1959).   

Al Che se le lee para entender por qué no quería vivo a ningún capitalista y ni siquiera quería cerca a alguno de los suyos que pusiera en peligro ni por un solo instante el conseguir el triunfo de aquella revolución necesaria y honesta. Sin temblarle el pulso jamás, muchos lo tacharon de cruel, como si todavía quedara gente que pensara que se conquistan los sueños, las revoluciones y las reformas agrarias socialistas jugando al dominó en el bar con un vaso de vino en la mano y no con metralletas.

El comandante también sabía de armas, necesitaba conocer los medios con los que defender a los suyos y evitar bajas propias por el habitual mal uso. (Las ametralladoras en el combate defensivo, 26 de Julio, 1960). Y hasta leyendo sobre poderes perforantes, trayectoria y rasancia de balas, me embargan las ganas de haberle podido escuchar de cerca durante el breve rato, aunque fuera, que tardaba en fumarse uno de esos puros tan poco apropiados para su asma. Incluso haciendo oídos sordos a las vocecillas feministas, también me habría ofrecido a encendérselos por siempre a cambio de conocer un poco mas y a través del fuego de esa cerilla encendida, qué se siente cuando se lucha de verdad y se abandona la inercia ordinaria y vejatoria a la que, al parecer, tantos estamos condenados a vivir en los años que nos restan. Sin riesgos, desde luego y sin esperanza de desear vivir de modo sencillo, junto a los tuyos y que esos vinos jugando al dominó sean la recompensa del final de un día tranquilo, feliz y sí, de nuestra entera propiedad.

Nunca he escrito sobre el Che porque me sorprendieron, alegraron y enamoraron  a partes iguales sus reflexiones románticas, el que recitara poemas de Otero Silva o su sentido del humor ágil y sencillo que le hacía reír cuando ya los llamaban “los expertos” y él aún se consideraba un vago subido a una motocicleta. (“Diarios de Motocicleta”).

Hubo un tiempo en que leerle me cortaba la respiración, me sonrojaba las mejillas, me aclaraba más los ojos y me humedecía los labios como si fuera el más feroz de los deseos y sin embargo, mi deseo va unido, entonces y siempre, a una profunda admiración. Es por ello que terminaba mis lecturas con cansancio casi físico por el  esfuerzo que  suponía evitar que me doliera, literalmente, el corazón. Y no es idolatría, no me gusta esa concepción del Che casi como un James Dean revolucionario que lo vuelve todo  torpe, banal y pierde todo el sentido en mentes mediocres. De hecho me molestan profundamente las bromas sobre él, el merchandising odioso y vulgar que tanto se ha hecho con la imagen de un hombre tan grande y excepcional.

No escribo sobre el Che, porque inevitablemente me lleva a verlo, valiente, diciendo a su verdugo: “Póngase erguido y apunte bien. Va a matar a un hombre” antes de ser acribillado a balazos con la dignidad del que sabe que ha vivido de pie aunque ahora se doblen sus rodillas mientras algunos aún le entonamos un “Hasta siempre Comandante”.

 Al Che se le lee y cuando ya no queda que leerle se le entiende y cuando se le entiende, se le quiere, se le admira, se le respeta. Y si no lo has conseguido, no es tu hombre.

Yo nunca escribo sobre el Che y prometo no volver a  hacerlo.