No recuerdo si fue en un libro o una película dónde un argentino reflexionaba sobre su llegada a España y la extraña sensación que le creaba el que nuestras gentes no silbaran por las calles. Decía echarlo de menos sobre todas las cosas. Quizás eso que le producía la melancolía de sus gentes era sólo la punta del iceberg, pero era tan gráfico y lo entendí tan bien que no lo he olvidado.

     A mí me gustan los hombres que saben silbar. Y eso es tan poco científico como decir que me gustan los Capricornio, que suela a solemne tontería si no fuera porque los (pocos) hombres de mi vida, entre ellos mi hermano, lo son. O que me encantan las mujeres que cosen a mano porque sus rostros, para mí, son los de la bondad infinita. O que me gusta la gente, en general, que se muestra como es, sin vueltas y sin miedo a mostrar lo que sienten, porque la desnudez del alma no hace daño.

     Mi abuelo sabía silbar. Silbaba paso-dobles en casa, silbaba “angelitos negros” de Machín. Pero era cuando salíamos a pasear cuando silbaba esa que me llenaba de alegría mi corta vida: la canción de “El puente sobre el río Kway”. La entonaba, la repetía y la acariciaba como nunca la he oído después. Yo intentaba imitarlo poniendo los labios como él me indicaba pero nunca supe (ni se) emitir más que sonidos inconexos faltos de gracia.

Mi abuelo fue ese hombre que me escuchaba cuando yo decía que iba a ser corresponsal de guerra con 8 años mientras mi madre se echaba las manos a la cabeza, fue ese hombre que, cuando yo aún creía en los Reyes Magos, me regaló mi primera Olivetti (la primera y única que conservo), fue ese hombre que la mañana del 28 de Octubre del 82 compró el periódico y lloró al ver a Felipe González en la portada bajo mi atenta mirada. Fue ese hombre, también, que se decepcionó con aquel socialismo en muy poco tiempo. Fue ese hombre de los que yo, solo yo, heredé sus ojos.

Los hombres que saben silbar, me hacen girar la cabeza en las calles para escucharlos. Suelen ser esos hombres mayores, jubilados, que pasean sin rumbo pensando en sus cosas y que silban a su realidad con contenida tristeza en ocasiones, con franca indeferencia en otras.

Los hombres que silban me recuerdan cada momento de mi infancia, cada segundo de angustia que muchos, como el argentino aquel, sufren por no poder oír el sonido de los suyos de forma cotidiana. Y pienso en la cantidad de cosas pequeñas que nos hacen más débiles en ocasiones y más fuertes en muchas otras.

En ocasiones busco canciones silbadas, aunque sea para recordar que me gustan los hombres que saben silbar.

http://www.youtube.com/watch?v=I_Eo2-iFCHw  el puente sobre el rio kway

http://www.youtube.com/watch?v=I_Eo2-iFCHw  la muerte tenía un precio