Pocas cosas me gustan más que los trenes en una pantalla de cine.  Hace años viví una bonita despedida en una estación de tren que recuerdo ahora, no con nostalgia pero sí con mucho cariño. Y no sé si es algo de eso lo que me hace disfrutar tanto de todo lo que tiene que ver con el ferrocarril, las locomotoras, el humo negro, la niebla de las estaciones en blanco y negro  y el misterio o el romanticismo que encierran las películas con este paisaje en sus historias. O igual no. Igual es, simplemente,  que mi visión del romanticismo tiene poco que ver con las flores y mucho con la atmósfera de fondo.

               Vagones llenos de secretos, como en “Asesinato en el Oriente Express” (1974, Sidney Lumet) donde todo el mundo tiene una coartada bailada sobre el traqueteo de los míticos vagones del “Orient” ante el siempre perspicaz Poirot. Esos antiguos coches-camas estrechos… Se podía apuñalar 12 veces a alguien sin ser visto por nadie. Un vistazo dentro y casi no puedes respirar el aire denso del miedo.

                Desde que los Lumiere crearon el proyector y lo presentaron con unas imágenes de un tren entrando en la estación para sorpresa de los presentes, muchos directores de cine nos deleitan con imágenes ferroviarias como parte de las historias de los personajes más dispares. “Ana Karenina”  (obra maestra de Tolstoi llevada al cine por Joe Wright) es uno de los mejores ejemplos. Ya nos muestra a unos niños jugando en las vías del tren en las primeras escenas como preludio de la pesadilla de la protagonista y su triste final arrollada por el tren.  El desamor orquestado por los sonidos de aquella estación es desgarrador para el espectador.

               Es de nuevo nuestro Hitchcock (y digo nuestro concienzudamente) el que mejor ha utilizado el tren como magistral instrumento de sus mejores películas. En “Alarma en el Expresso” nos adentra en el Transcontinental en una mezcla de alucinaciones y luz de gas  donde el maestro utilizó un sinfín de trucos para superar las dificultades que suponía desarrollar la trama en el espacio reducido del compartimento del tren. Una trama difícil con un complicado mcguffin: melodía con mensaje secreto.

              En “Extraños en un tren” (1951, Hitchcock) dos hombres traman un doble asesinato para librarse  de la mujer del uno y el padre del otro respectivamente intentando de este modo quedar impunes.  De nuevo esa cabina de tren antigua con paisajes pasando ante el espectador como cortina de luces bajo la trama principal.

              Y si me permitís,  como mención especial “Con faldas y a lo loco” (1959, Billy Wilder)  pues la historia de Joe Y Jerri, dos músicos perseguidos por la mafia que se disfrazan de mujeres para ocultarse, tiene un momento estelar cuando ven caminando por la estación a Sugar (M. Monroe) y un chorro de vapor les hace saltar asustados  saliendo del ensimismamiento que la rubia por excelencia les ha provocado. Genial escena, muy natural por cierto, pues fue un accidente fortuito que el gran Billy Wilder quiso mantener en la película.

             Son muchos más los cineastas que nos han contado historias desde el tren y desde todas las épocas aunque son estas las que no se olvidan fácilmente. Nombraría además “Enamorarse“ (1984, Grosbard), película no muy conocida que para mí es de culto infinito dónde Robert de Niro y Meryl Streep se conocen y enamoran durante el pequeño trayecto que hacen juntos cada día.

              El tren es al cine lo que los actores a los directores: Pura magia moldeable con resultados grandiosos. Misterio y romanticismo a partes iguales, si eso es posible.