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     Me he dormido sin darme cuenta de que amanecía. La ventana está cerrada, la persiana bajada, pero el reloj no engaña y lo odio por ello. Tocar tu lado de la cama aún caliente, saber que has vuelto entre tinieblas a esa tierra de monte impío que ahora te guarda alejándote de mí, separándote de nuestra vida juntos y a la vez, cobijándote de la locura, del aroma de muerte que respira ya nuestra calle, nuestro pueblo, nuestros sueños.

   El puchero aún tiene algo de café y me entrego a él rezándole al Dios en el que no creo para que puedas volver cualquier otra noche, para que hayas podido alcanzar el campamento con tu pañuelo rojo atado al cuello y tu sonrisa eterna de hombre valiente.

   Es tan poco tiempo el que puedo verte y tienes aún tanta ilusión en la lucha, que no me he atrevido a contarte lo de “Ojos Verdes”. Sé que piensas que ya cruzó la frontera, sé que lo celebráis como rayo de esperanza en vuestros planes diarios. Pero no hubo suerte tampoco esta vez. Siguieron a Marina la noche que corrió a despedirle con el fardón de ropa, comida y tabaco que le llevaba. Poca cosa, ya sabes que no tenemos nada, pero llevaba su alma llena de besos, sus ojos llenos de angustia, sus manos llenas de fuerza para acariciarle el rostro y que viajaran con él. El resto horror, como horror es todo en  estos tiempos que llevamos viviendo sin que nada más que la impotencia nos acompañe. Allí mismo, sobre el fardón mataron a Marina, sus hijos la trajeron de vuelta al pueblo envuelta en mantas.  A “Ojos verdes” lo bajaron a escondidas hasta el cuartel, aunque no pudieron ocultar sus gritos mientras intentaban saber dónde estabais. No te preocupes, mi amor, he sabido sin apenas preguntar que lo maldecían en el bar por su sonrisa al morir, nada debéis temer. Nada, que no sea mi angustia. Egoísta, ya lo sé, pero qué quieres… qué quieres si no te tengo.

  Vivir de esas horas que entras en silencio por el patio trasero y tocas mi cuerpo con susurros. Vivir de cada minuto que luchas contra todo para acariciarme con tus manos y sentarme sobre tus rodillas. Vivir de tu paz tranquilizándome cuando me llamas valiente. ¿Valiente yo? ¿Valiente yo que maldigo cada día los ideales? maldigo a cada momento ésta estúpida forma de lucha, maldigo cada minuto que pasa sin olerte. ¿Valiente yo? Que paso horas sentada sobre la silla de la cocina, quitando las migajas que entre las tablas de la mesa caen, mirando por esa ventana que me deja ciega de claridad y vacío. Deseando verte aparecer, recordando y deseando. Recordando y deseando. Eso no es ser valiente. Mi valentía empieza y acaba en ti.

  Yo vivo, amor,  si es que esto es vivir, para oír esa cancioncilla que entre gemidos cantas en mi oído cuando me haces el amor. Y yo la llevo conmigo, la llevo conmigo… “Tranquila morena, tranquila. Ven, morena y dame tu mano, que se huele en las calles el aire republicano”. Y yo la llevo conmigo, la llevo conmigo.