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El infierno de regaliz

 

1.  Azazel y Veronnès

Azazel tenia el pelo castaño claro y los ojos verdes. Y era el ángel más guapo. Durante mucho tiempo fue el preferido de un dios que, orgulloso de tan perfecta creación, le prodigó las mas dulces caricias, le rodeó de comodidades, diversiones, música, literatura, buena conversación… todo aquello a lo que Azazel quería acceder, le era dado sin pestañear.

Pero Azazel se aburría y Dios, adivinó en su mirada que necesitaba la compañía de alguien. Pero no de cualquiera. Aquel paraíso estaba lleno de ángeles divertidos, curiosos, impertinentes, dulces y pícaros. Pero él lo había creado inteligente, más inteligente que ninguno, y ninguno de aquellos podía satisfacer la necesidad que Azazel tenía por descubrir nuevas cosas, por escudriñar aquel mundo del que formaba parte, la necesidad de sentir tanto y tan fuerte. Así que Dios creó a Veronnès, un ángel a imagen y semejanza del más bello.

– Aquí tienes lo que llevas pidiendo con tus ojos tanto tiempo. Juntos seréis invencibles, tendréis al resto del universo a vuestra disposición. Eso resultará divertido, pasadlo bien, aprender juntos, nutríos el uno del otro y recordad: Los ángeles no tienen sexo.

Veronnès perseguía a Azazel por todos lados, lo acribillaba a preguntas, jugaban juntos hasta hastiarse. Hablaban largas horas, se reían de todo y a todas horas como chiquillos.

–          Cuéntame algún secreto_ le preguntaba Veronnès cuando acudía a la cama de Azazel a darle las buenas noches_

–          No tengo secretos, ya los sabes todos- respondía el más guapo sonriendo-

–          Vamos, siempre tienes secretos…

Y Azazel habría su caja de secretos, y le enseñaba  a Veronnès postales de algún sitio imposible, velitas perfumadas, tabaco de pipa que alguien querido fumó alguna vez…. y dormían de nuevo para siempre.

Veronnès observaba a su ángel mientras dormía. Le gustaba contemplar la respiración infantilmente relajada de su amigo. Le contaba las pestañas, las pequitas repartidas azarosamente por su rostro. Se acercaba con sigilo y le besaba los párpados y frotaba su nariz contra la de él. Le susurraba palabras aprendidas en algún idioma que también  él le había enseñado. Jamás se conoció una sensación de miedo en aquellos días.

Azazel lo sentía cerca, pero jamás abrió los ojos. Sólo al despertar los dos, el ángel más guapo premiaba a Veronnès silbándole canciones que inventaba sólo para él. Y Veronnès bailaba haciendo que Azazel se interrumpiera muerto de risa.

Pero aquella relación perfecta acabó molestando al ser más generoso hasta el momento. Su propia creación perfecta, su ángel más guapo, prefería ya la compañía de aquel ser vivaracho y espontáneo a su experta conversación. Y fue la afirmación sin rubor de Azazel ante esta inquisición lo que lo llevó a ser expulsado de aquel paraíso mal entendido, mal interpretado por un Dios celoso.

Azazel descendió al infierno más oscuro. Veronnès no podía seguirlo.

2. AVERNA Y LA VAINILLA

Averna tenía los ojos color caoba y olía a vainilla. Y era la reina de los infiernos.

Recoger aquella perfección que dios había rechazado, le resultó de lo más placentero a la reina de las tinieblas. Se trataba del primer ángel caído, y eso significaba nombrar al demonio con más poder de su infierno después de ella, por supuesto.

Averna amó a Azazel como aman las fieras, lo rodeó de vidas entrecruzadas, de placeres ocultos para un cielo excesivamente moderado. Mandaba en sus actos, en su voluntad, en su vida mundana, en su sexo. En todo lo que puede mandar una mujer reina del mal, en todo menos en su pensamiento.

Averna observaba desde su infierno las mujeres que en la tierra servirían para alargar su reinado. Elegía a una, mandaba a su demonio a buscarla, a conquistarla, a poseerla y ella chupaba sus almas para conservar su belleza, su juventud.

Sin embargo, Averna rugía de dolor cuando cabalgando sobre la verga de Azazel notaba el más mínimo atisbo de despiste por su parte. Todas las conquistas de su amado sólo debían servir para beneficio propio, pero jamás permitiría que él les dedicara ni un minuto más de lo necesario. Azazel amaba la belleza de Averna, y sentirse encadenado a ella no lo atormentaba, al contrario, le producía un placer indeterminado, algo que no se podía explicar ni siquiera ante sí mismo, una mezcla de adicción a la vainilla… y al mal.

Durante la noche eterna que se vivía en el templo de Averna, brillaban antorchas reflejándose en los miles de espejos que rodeaban  su cama. Se vestía cuidadosamente delante de uno de ellos rodeada de las miradas atentas de sus tres gatas. Vera, Vizia y Velena observaban entre ronroneos aquel ritual de transformación que su reina llevaba a cabo cada vez que Azazel descendía al mundo.

-Perfumadme- les dijo mientras acababa de cepillarse la larga melena rojiza-

Vizia dio un solo salto desde el almohadón que descansaba y se colocó sobre el hombro de su ama. Ese era su sitio preferido y desde allí comenzó a lamer el cuello de Averna con largos lengüetazos. Vera hizo lo propio chupando sus muñecas con movimientos circulares y Velena, comenzó a restregar todo su cuerpo de gata persa por las largas faldas del vestido.

El aroma a vainilla impregnó la habitación y Averna salió con paso apresurado dejando a sus gatas maullando de celos.

 3. EL DEMONIO Y LA FRANCESA

Marie había colocado sus cuadros muy temprano esa mañana. Casi ninguna tienda de alrededor había abierto aún sus puertas. Sobre los adoquines, pequeños lienzos de belleza incomparable se vendían a precios de postales. A Marie le gustaba que los turistas se llevaran un pedazo de su pintura a sus casas, sin importarle cuánto pagaran por ello. El barrio de les bornes en Barcelona acababa de amanecer. Ella miraba a los primeros madrugadores comprar el periódico mientras le propinaba pequeños sorbos al vasito de papel rebosante de café sin azúcar. Se acercaba a los lienzos mientras pensaba en los pequeños defectos que tenían y que debía corregir para la próxima colección. Todos eran acuarelas con alusiones a los colores de París, detalles de sus jardines, la torre eiffel, el café de los artistas… adoraba Barcelona pero echaba de menos su casa.

Marie observó ahora la sombra de un hombre acercarse. Le pareció dejar de oler por un momento sus pinturas para reconocer una mezcla de lavanda y vainilla.

Azazel se acercaba paseando vestido de un negro infernal para aquel día que ya se adivinaba caluroso. El pantalón de lino cayendo generosamente sobre las planas sandalias de cuero también negro. La amplia camisa por fuera marcando unos hombros perfectos, le dejaba llevar las manos en los bolsillos del pantalón a través de sus costuras abiertas. Azazel silbaba una canción que sonó a jazz a los oídos de Marie. A Marie le encantaban los hombres que sabían silbar y jamás había oído hacerlo de aquella manera. El demonio se paró ante los cuadros de Marie. Los miró detenidamente, la miró a ella con descaro y la observó. Ella susurró un saludo inteligible y él observó cómo  aquella piel inmaculada se tornaba rosada con un rubor incontrolado. Observó los ojos redondos, muy oscuros, dibujados por una hilera de pestañas larguísimas y unas cejas anchas perfectamente arqueadas. Marie era menuda, delgada y no dejaba ver ninguna forma de su cuerpo escondiéndolo debajo de un amplio vestido de algodón largo hasta los tobillos.

–          ¿Por qué utilizas siempre los tonos rojos, granates, naranjas en todos tus cuadros?- le preguntó Azazel-

–          Cuando empecé a pintar, casi todas las mezclas que hacía me daban tonos rojizos, anaranjados, a veces amarillos… me di cuenta que odiaba los azules, los verdes, no decían nada de mis cuadros.- Marie hablaba sin mirar a Azazel, y gesticulaba nerviosa señalando su explicación en las acuarelas.-

–          Yo viví una temporada en París- siguió hablando el demonio- Hace ya mucho tiempo, es cierto, pero algo recuerdo. Y desde luego, París se viste con estos colores.

Marie sonrió sintiéndose halagada. Cogió del suelo uno de sus cuadros más pequeños. La ventana de una buhardilla dejaba ver el Sena también rojo.

–          Se lo regalo- le acercó el cuadro a aquel hombre de negro tan atractivo que le estaba impidiendo respirar.

Azazel cogió el lienzo con una mano y con la otra acarició la mejilla de Marie.

–          Hueles a regaliz- Azazel se olía los dedos con los que había tocado el rostro de la francesa- Es un aroma infantil, ¿lo sabías?-

–          No, no pensaba que fuera infantil, es una nota de mi perfume, le gusta?-

–          Tanto que me ha hecho silbar, hacía siglos que no silbaba-

Marie no entendía nada de aquella conversación. Era demasiado temprano para ella. No sabía coquetear a esas horas, y sin embargo no podía dejarle escapar.

–          ¿A usted le gusta hacer el amor bajo el agua?- le preguntó sin pensar-

–          A mí me gusta hacerlo entre llamas.-

El estudio de Marie olía a barniz, a pintura y a su perfume infantil. La cama estaba mal hecha con unas sábanas de algodón blanquísimas. Se tumbó de espaldas sobre ellas, sin deshacerla, y atrajo el cuerpo de él para besarle los labios. Azazel también la besó, paseó su lengua por las comisuras, la barbilla, le besó el cuello y lamió todo el escote que el vestido permitía. Ella se lo quitó deprisa, lo desnudó a él y comenzó a besar, lamer y morder cada centímetro de su cuerpo. Estaba tan excitada que no sabía coordinar sus movimientos tan perfectamente como lo hacía siempre. Se encontraba inexperta entre los brazos de aquel hombre que con tanta fuerza estaba empezando a tocarla. Azazel   se tumbó sobre ella, le agarró las piernas haciendo que las flexionara sobre su pecho y miró con su habitual lujuria el agujero mojado dónde iba a meterle la polla más dura que aquel frágil cuerpo había soñado jamás. La francesa gemía e intentaba moverse retorcida de placer sin ningún éxito. El demonio la tenía agarrada por los brazos y le propinaba tales embestidas que era imposible más movimiento. Aquella polla crecía cada vez más dentro de un agujero demasiado pequeño ya. Marie se corría una y otra vez sin tener tiempo para recuperarse. Aquello la estaba asustando, el placer descontrolado se estaba mezclando con un dolor cada vez más insoportable, y sin embargo le pedía que siguiera, que la matara de dolor. El miembro del demonio ya no cabía ni siquiera hasta la mitad dentro de ella, pero no dejaba de moverse cada vez más fuerte, sin apenas aumentar el ritmo pero con desesperación. Marie había dejado de gemir aunque seguía sintiendo orgasmos intermitentes, más cortos pero más intensos, y su rostro lleno de gotas de sudor junto a las pupilas dilatadas pedían más.

Azazel miró ya el rostro sin vida de Marie y un gran chorro caliente inundó aquel cuerpo muerto. Salió de aquel estudio envuelto en llamas con la sombra de tres gatas persas rodeándole, oliendo a chamuscado, a lavanda y a regaliz. Desapareció silbando del barrio sin el regalo de la francesa.

 4. AVERNA Y EL ALMA

Averna recibió a su demonio con los mejores vinos de su bodega. Llenó las copas de cristal hasta la mitad, encendió las antorchas del salón y se miró en un espejo para retocar el maquillaje de sus ojos chispeantes de felicidad y las ondas del cabello. Había pasado el día anterior completamente loca, fuera de sí, mientras observaba desde el espejo del tocador la escena con la francesa. Había llamado a sus gatas y con las manos convertidas en garras y los ojos en llamas las insultó y maldijo por no haber reparado al elegir a la sacrificada en cuál era su perfume.

–          ¡Habéis llevado a Azazel ante una mujer que huele a regaliz!- gritaba rompiendo candelabros de cristal, descosiendo los edredones de plumas con sus afiladas uñas- No os he enseñado nada?? ¡No habéis aprendido nada después de siglos a mi lado? Fuera!!, Fuera de mi vista, putas gatas traidoras!!!!!!!!

Averna sólo tenía miedo a una cosa. A los pensamientos de Azazel. Todo lo demás era tan suyo que no podía sentirse amenazada. Pero Azazel podía recordar, tenía el don de recordar. Y Veronnès, ese asqueroso ángel perfecto al que su demonio seguía adorando después de siglos sin verle, olía a regaliz. Averna necesitaba que el demonio paseara por la tierra y se acostara con seres terrenales, de vida caduca. Cada alma muerta entre los brazos de Azazel le alargaban su belleza durante años. Mientras estuviera joven y bella, no la sustituirían en su reinado. Sin embargo le producía dolor verle tocar otra piel que no fuera la suya, verle gemir y disfrutar entre otros cuerpos. No podía ni siquiera imaginarse que él no pensara en ella al menos un minuto mientras copulaba con otras, se arañaba los brazos y la cara cuando ese pensamiento la asaltaba haciéndola dudar de su incomparable sexualidad. Por eso, porque sabía que Azazel aún leía los poemas de Veronnès antes de dormir, porque conocía los sentimientos de pureza que había entre ellos y que ella jamás podría igualar, quería a Azazel lejos del aroma de sus recuerdos. La vainilla era el aroma del infierno, y sus sacrificios en la tierra no debían oler a nada.

Azazel entró en la habitación y Averna lo saludó con la mirada. Le dijo con ella que estaba contenta y le acercó la copa de vino tinto. El demonio la besó en el cuello y ella quiso decirle que lo había echado de menos, pero jamás se permitiría algo así. Bailaron toda la noche, bebieron licores de todo tipo, follaron durante días sin descansar hasta que las tres gatas comenzaron sus aullidos recordando que el demonio se marchaba de nuevo.

Averna lo despidió recelosa, se escondió en su dormitorio enfadada de nuevo, y se vistió de gala para que sus gatas le repartieran la sangre de la francesa a lametazos por todo el cuerpo.

5. AZAZEL Y EL NEGRO

Ciudad del Cabo repleta de músicos en las calles tocando el saxofón hasta decir basta. Calor también en esta ciudad y tiendas de ropa de marca mezclada con aromas a tés de miles de sabores. Phortos discutía con su amante en una esquina muy concurrida, llena de puestos ambulantes dónde los turistas compraban baratijas. Era muy alto, corpulento, los músculos bien marcados debajo de la camiseta blanca y los vaqueros oscuros. Su piel, negra, brillaba casi aceitosa en sus brazos tatuados con símbolos mahoríes que no dejaban de gesticular amenazantes ante otro hombre, también negro, que sonreía.

Entró en la cafetería más cercana y Azazel le siguió. Vizia le había marcado el territorio al demonio mostrándole quién era su presa en esta ocasión y desapareció entre la gente.

–          Un martini seco- pidió Phortos en la barra del bar-

–          Dos, por favor- apuntó Azazel al camarero-

Phortos se giró a mirarlo sin mucha curiosidad y se encontró los ojos verdes del demonio atravesándolo. Dio un respingo, aunque lo disimuló enseguida, había que tener cuidado en aquellas calles si pretendías mostrar tu homosexualidad. Pero Azazel siguió mirándolo largo tiempo, bebieron el martini juntos aunque sin hablarse, pagó el demonio las consumiciones y salió despacio del bar. Echó a andar calle abajo sorteando tambalillos y artistas de jazz en paro. Phortos lo seguía de lejos esperando una señal de confirmación de aquel hombre que se la había puesto dura debajo del pantalón sólo con mirarlo, pero el demonio no se volvió ni un sola vez.

Llegó Azazel a la entrada de un hotel lujoso, casi en la orilla de la carretera, apartado del centro y entró. Phortos dudó en la puerta. Si se había equivocado iba a tener que dar muchas explicaciones. Entró de todas formas y Azazel le colocó las llaves de la habitación en las manos.

Azazel se desnudó y dejó su atuendo negro bien doblado en un sillón. Se acercó al negro y le puso la mano en el paquete comprobando que la erección del bar seguía allí. Azazel rió para sí mismo, le gustaba gustar tanto. Bajó los vaqueros, comprobó con fuerza la talla genital del negro y agarrándole la mano le obligó a hacer lo mismo con él. Phortos acarició la polla de aquel desconocido mientras caían en la cama y se besaban. Tumbó a Azazel para poder empezar a chuparle el glande con cuidado, trató con delicadeza aquel primer roce considerando a aquel blanco virginal bastante más delicado que él mismo. Chupó, empezó a metérsela en la boca avanzando muy poco, cada vez más pero siempre volviendo al principio. Apretaba con fuerza los labios y movía la lengua con rapidez. Bajó entonces deprisa y sin previo aviso se la metió entera en la boca. Comenzó un vaivén frenético que provocó fuertes gemidos en Azazel, le mantenía las piernas abiertas con sus fuertes brazos para poder apretarle las ingles, los huevos, rozarle el agujero con la yema de los dedos sin meterlos, solo abriéndole lo justo las paredes para sentir que bombeaba. Bajó la barbilla y le metió la lengua en el agujero mientras seguía masturbándole. Azazel le pidió que se la metiera y el negro se encaramó sobre él y abrió de un solo golpe el culo del demonio. Cuando Phortos se corrió pensó que ahora su culo estaba dispuesto a todo para el demonio y se puso a cuatro patas pensando que el vaivén de la polla del blanco le resultaría cuando menos agradable para empezar a excitarse de nuevo. Pero la polla del demonio también irrumpió con fuerza en el culo del negro, y sin previo aviso empezó a crecer a la vez que Phortos gemía viendo como su verga aún chorreante se le ponía como una piedra de nuevo. Empezó a tocarse él mismo mientras Azazel le propinaba fuertes golpes y  movía las caderas de forma circular para que entrara del todo. Aquello crecía a pasos agigantados, Phortos gemía y veía salir semen de su rabo sin parar, no podía controlar los espasmos y estaba teniendo dificultades para respirar. Quería decirle a aquella bestia blanca que parara pero sus palabras eran sigue, sigue, mátame. El demonio descargó semen durante horas en el culo de un negro extasiado. Y satisfecho salió del hotel mientras alguien llamaba a los bomberos.

6.AZAZEL Y AZAZEL

Azazel adoraba a todo el mundo, a lo largo de los siglos había conocido a tantas  personas que era imposible contarlas, pero él las recordaba a todas. Jugaba a su pasatiempo preferido, escrudiñar en los sentimientos de los demás, investigar cuales son los motivos que llevan a cada persona a ser o actuar de una manera determinada. Curioso pasatiempo para un hombre al que no le gusta desvelar con rapidez sus auténticos sentimientos.

Azazel asignaba un valor a cada una de las personas a las que conocía, mientras que el resto de los mortales reservan ese esfuerzo únicamente para las personas que representan algo importante en sus vidas, él consideraba que todos tenían algo especial. No existió nunca un ser menos egoísta y mezquino que el demonio. Tenía un rígido código moral, que no tenía nada que ver con el de los demás, pero estaba creado para sí mismo y era por ello válido.

Azazel se sentía atraido por todos los libros con páginas cerradas. Cuanto más pegadas entre sí, mayor era el interés del demonio por abrirlas y conocer el interior. Eso le llevaba a mostrase gentil, a sacar todas sus armas de persuasión, sin caer en el cortejo de gestos extravagantes, desde luego. Y así, había tenido a lo largo de su larga vida, cientos de compañeras que habían alimentado su curiosidad, que habían acompañado sus eternas noches llenándolas de conversación, de calor, de sueños, de magia. Pero todas mortales, todas pasaron, todas desaparecieron. Todas menos Veronèss, inmortal y alejada de él para siempre. Azazel solía hablar con el angel cuando estaba solo. Le preguntaba, le contaba cosas, muchos secretos susurrados al aire, sin obtener respuesta, sin tener la certeza de ser escuchado, pero existiendo una posibilidad era suficiente. Averna le regalaba su mejor vida, estaba enamorada de él y al contrario que él, era celosa, posesiva y eso hacía que el demonio la castigara amablemente haciéndola dudar sobre sus verdaderos sentimientos. En el mundo de las tinieblas, Averna era la más mala, y Azazel la adoraba por ello.

7.LA RECEPCION

Averna tomó forma de pantera para recibir en su salón al angel. Cuando recibió la noticia de la inesperada visita, hubo tal tormenta que el infierno parecía llegar a su fin y esfumarse entre los relámpagos que provocaron sus alaridos.

No podía negarse a recibir a Veronnès, no estaba autorizada a decidir a quien ver y a quien no cuando se trataba de seres superiores. Así que rodeada como siempre de sus tres gatas, se transformó delante del espejo en su animal preferido, esperando resultar tan agresiva que el ángel no se atreviera a alterarla.

Veronnès descendió a los infiernos envuelto en nubes rosadas, impregnando el aire infernal de aroma a regaliz. Averna se provocó un estornudo rechazando así profundamente aquel olor.

–          Qué quieres- la voz transformada de Averna llenó la habitación. Ella permaneció tumbada en el sofá con postura de animal relajado, aunque aquellos ojos de pantera estaban alertas.

Veronnès habló durante horas, también el ángel sabía como tratar a la  reina del infierno. Debajo de la apacible voz y los gestos conciliadores, había una táctica perfectamente estudiada, sabía como convencer a aquella fiera de sus deseos. Lo había aprendido todo de Azazel, no podía salirle mal.

Cuando Veronèss se marchó, Averna ordenó a sus gatas que cambiaran la atmósfera del infierno entero. Tardaron meses en hacer desaparecer el maldito olor a regaliz.

8.EL PRINCIPIO DEL FIN

Amanece en Madrid. Las tres gatas habían abandonado a Azazel en un hotel del centro la noche  anterior. El demonio pidió el desayuno en la habitación. Café sólo sin azúcar. Se duchó pausadamente esperando noticias de su nueva víctima. Estaba vistiéndose cuando sonó el teléfono.

-Buenos días- una voz femenina saludaba al demonio desde el otro lado-

– Quién es?- Azazel estaba sorprendido, aquello no era un procedimiento habitual-

– Termina de vestirte, nos vamos de compras. Date prisa Azel-

El demonio palideció como hacía siglos que no lo hacía. Nadie debía de llamarlo con su nombre de ángel. Nadie que no lo fuera.

Azazel bajó por las escaleras buscando con la mirada a la persona que lo esperaba en recepción. Allí, apoyada en la barra, había una chica joven, con un vestido corto azul marino, unas sandalias rojas y una boina. Tenía el pelo corto despeinado tan rubio como los bebés. Y los ojos eran de Veronèss. Sin descripción para los mortales.

 El demonio y el ángel se abrazaron durante muchos minutos, sin apenas decir nada salieron a la calle y se mezclaron con la gente.

–          Sólo tengo hasta las ocho de esta tarde- le explicó ella mientras le daba vueltas a la taza de café. Habían comido hasta hartarse en una terraza de la plaza Mayor sin parar de hablar, de recordar su vida juntos, Veronèes respondía a todas las preguntas que el demonio le hacía loco de contento. No podía creer que estuviera allí, que pudiera tocarla, besarla, olerla.

–          ¿Cómo te han permitido venir?-

–          Es una larga historia que nos ocuparía demasiado tiempo, y yo tengo muchas ganas de que me cuentes cómo estás, que piensas, que sientes, a que huele tu infierno-

–          Ya sabes que el infierno es sólo uno y huele siempre igual-

 9.VERONNÈS Y EL ABISMO

El angel se tumbó sobre la cama sobre el demonio y durmieron abrazados unas horas. Ella despertó unos minutos antes que el demonio y como siempre, lo miró mientras dormía. Le dio un beso en la mejilla para despertarlo. Azazel sonrió.

-¿Pero tú has visto lo guapa que estás?-

Veronèes lo besó, era el primer beso que daba en su vida, dejó que el demonio la enseñara  a mover su lengua dentro de su boca. Apretó su cuerpo contra el de él y se acariciaron sin cambiar la postura durante horas.

–          No podemos hacer esto- le dijo el demonio apartándole el flequillo de los ojos- No pienso dejar que mueras.

–          Quiero sentir que me amas durante sólo durante unos minutos. Quiero saber lo que se siente al ser amada por ti. Eso bien vale mi eternidad. Cuando desaparezca no voy a estar más muerta que ahora.-

El demonio y el angel descubrieron sus cuerpos el uno al otro, se besaron mezclando sus olores, lograron una excitación sostenida durante horas. Veronèss se sentó sobre el demonio buscando una penetración lenta  y Azazel intentó demorar que su polla empezara a crecer demasiado sabiendo la virginidad de la joven. El ángel le cerró los ojos al demonio con la yema de los dedos y se movió lentamente sobre él. Poco a poco empezaron a sentir cómo estaban uno dentro del otro sin verse, sin reconocerse, sin oir nada. Sintieron como navegaban el uno bajo la piel del otro. Husmeando entre las capas de carne,  hacían sentir al otro como si se clavaran  pequeñas cabezas de alfiler, cada vez más fuerte, cada vez más rápido. Veronèss volvió a abrirle los ojos al demonio mientras sonreía. Azazel le secó a besos las lágrimas que mojaban el rostro ya sin vida del ángel. De su ángel.

10.EPIOLOGO. SOBREVIVIR A  AVERNA.

Averna había permitido al ángel pasar unas horas con Azazel porque eso significaba que desaparecería para siempre. Jamás volvería a olerla, jamás volvería a verla, y es posible que con el paso de los siglos dejara de silbarle canciones antes de dormir.

Además, el alma de un ángel suponía alargar su belleza hasta cien veces más que con el alma de cualquier mortal. <esto, también suponía la retirada del demonio de la vida terrenal durante una larguísima temporada.

Averna se vistió de gala, recibió a Azazel rodeada de sus gatas, oliendo a vainilla. Llegó el demonio. Su demonio.