Desde aquella esquina de la barra apenas se veía la puerta. La luz era tenue, suficientemente tenue para no sentir su propio rostro. Demasiado blanca para dejar de verla  para siempre.

Miraba a la camarera moverse entre las cajas del suelo, podía adivinar la licra barata de aquella falda negra con algún lamparón de cerveza reciente. Era joven, no más de 28 años, pero tenía la sonrisa forzada  debajo de demasiado carmín y los ojos oscuros a pesar de ser azules.

Ya no conocía su nombre pero tampoco le importaba, solía llamarla nena de forma cariñosa y ella le ponía la copa como a él le gustaba. Ron sólo, dos dedos, sin hielo.

Luego se marchaba a deambular por las calles de aquella ciudad, demasiado pequeña para perderse, demasiado grande para olvidarla. Hacía tiempo que vivir se había convertido en un medio y no en un fín, y esperaba entre el aire del estanque y la sonrisa de los patos que alguien decidiera por él.

Había visto amanecer con ella al lado, cada sueño, cada plan dibujado en mapas de papel que ella garabateaba mientras reía. Había comprado cada gramo de ilusión en cada esquina para darle el cielo y su bragueta cada noche. Había bebido de su escote en tiempos en los que no había arrugas, ni ojeras. En momentos dónde cada palabra cobraba vida y se enebraba entre sus piernas. Habría matado por tenerla siempre a su lado.

El sol se pone, demasiado rápido para esperarlo, demasiado deprisa para seguirlo. Y su vuelta atrás, entre balcones de ropa tendida y calles pegajosas se hace cada día un suplicio.

Reina entre sus miedos, el mayor de todos ellos. Que nunca vuelva a mirarlo y a suplicarle un beso. Que nunca vuelva a decirle, no me dejes, tengo miedo.

Girar sobre sus talones, correr, escapar. Vida de quién no quiere vivir, zapatos ya muy viejos.

Regresa al bar, a su esquina tenue  dónde  sus vacías pupilas la miran. Ella le sonríe.

Pero nunca dice nada.