Miraba a Víctor mientras dormía y me inspiraba una ternura que suelo confundir con el instinto maternal del que muchas mujeres hablan. Yo desconozco ese instinto, pero tenerle a él cerca me hace creer que debe tratarse de ese tipo de ternura, quizás sólo sea que soy unos años mayor que él, o tal vez es que a Víctor le gusta hacerme creer que ejerzo de madre protectora, de hada madrina que resuelve sus dudas, sus conflictos, con un simple toque de varita mágica. Varita, que además de mágica debe ser sensata y sabia… cuando en realidad, él es mi pilar mas imprescindible, estaría totalmente perdida, dando palos de ciego en un mundo rarísimo si no lo tuviera cerca. Míralo, ahí hecho un ovillo, totalmente ausente, dormido, ¡y quería un café! No podía entender cómo podía dormir tan plácidamente después de haberle dado la noticia. Mi marido volvía para quedarse, se acabaron los jueves. Yo dudaba aún entre dejarme llevar por los latidos de mí corazón y permitir que éste se saliera por mi boca o empezar a romper vasos como una energúmena. No estaba mal esa idea. Tenía reserva de figuritas de loza pintada de esas que recogemos de las bodas y comuniones…. Y ahí estaba él, emitiendo unos sonidos que prometían tornarse ronquidos en apenas unos segundos. Me daban ganas de pegarle, de tirarlo de la cama de una patada, de asfixiarlo con la almohada, de sentarme sobre su estómago hasta que se pusiera morado….
Aunque en el fondo, era sólo un ataque de orgullo. Si se hubiera quedado despierto a mi lado, no hubiéramos alterado el silencio que Víctor sabe que necesito en esos casos.
Es curioso, no sé con cuantas personas te apetece a lo largo de tu vida compartir el silencio… Un silencio largo, continuado, y sin embargo, nunca incómodo. El silencio agradable de la serenidad, de la tranquilidad, la relajación, la confianza, la complicidad. El silencio, en fin, del cariño, la reciprocidad, la amistad. Hay veces que tienes la necesidad de romper ese silencio, de evitarlo porque pretendes evitar así el aburrimiento, la divagación que se alimenta de la soledad y por eso está o parece estar fuera de lugar. Pero a la vez, sientes que es necesario, que la persona con la que lo compartes no necesita explicaciones, está disfrutando de todo ese silencio oscuro en tu compañía porque también le resulta agradable.
Adoro los momentos de relajación en los que siento que su compañía es tan discreta, tan respetuosa, tan sutil y tan cómplice como mi propia soledad. Esa soledad que a veces no es triste, ni cruel ni frustrante sino que es una soledad anhelada, necesaria, buscada.
Cuando la compañía de Víctor es tan importante, tan inteligente en determinados momentos como para competir con la soledad que busco, siento que la perfección de su conocimiento, la inmensa clarividencia hacia todo lo que a mi refiere, el perfecto examen que de mi tiene (acertado, perpetuo, invariable) es un regalo que algún dios me ha hecho en esta vida.
Olvido mis quejas, mis dudas, mis eternas preguntas mal formuladas y que por eso no tienen respuesta, mis frustraciones ante el papel que me toca desempeñar, me olvido de todo y de todos, para sentirme afortunada, querida, privilegiada. Por ser dueña de tan buenos momentos, por ser la única que comparte esos inmejorables instantes… Los silencios, cargados de inmensa paz, de inmensa calma.
Todo lo que ansío siempre y busco en momentos y situaciones dispares, está ahí, en esos momentos de amor distinto. Aunque los pensamientos de cada uno vuelen a galaxias diferentes, comparto un instante de lo más grande, de lo más sólido. Comparto mis sentimientos con sus silencios, mis abortadas palabras con sus miradas, mi amor con su conocimiento del mismo, mi paz momentánea con su continua calma. Comparto lo que soy con quien quiero. Y él me recibe entera.

II

No sé cómo me había quedado dormido, creo que la noticia de que nuestros jueves se acababan para siempre, me había dejado impasible. Sorprendido, sí, y dolido, ya mi opinión dejaba de ser importante, volvía SU MARIDO. Me había embargado una tristeza que se había convertido en un bostezo descontrolado.
Alicia me acompañó hasta la puerta, me besó dulcemente en la mejilla y justo antes de cerrar la puerta tras de sí, se apoyó en la marquesina y me preguntó:
-¿Sabes que te quiero?-

Me volví hacia ella sorprendido y la miré. Sonreí, sabía que a ella le gustaban mis hoyuelos cuando sonreía, siempre me lo había dicho, desde el primer día.
-Yo también, preciosa-

-No, no me entiendes, es una pregunta Vic, ¿lo sabes?- se explicó apretando las dos manos contra sus codos abrazándose nerviosa- Yo nunca te lo he dicho-

La miré fijamente, no sabía muy bien si hablaba en serio, y le guiñé un ojo como siempre hacía antes de soltarle una tontería de las mías, pero enseguida me di cuenta de que no bromeaba. Ni siquiera cambió el semblante serio y preocupado con el que me había hecho la pregunta. Me metí las manos en los vaqueros, resoplé sabiendo que aquel jueves sería el último y me apoyé en la entrada delante de ella.

-La mancha de nacimiento que tienes en el hombro izquierdo, -le dije- ese que sólo se te ve si vas en tirantes o desnuda- me iba a costar buscar las palabras adecuadas, y ella no decía nada, me miraba perpleja mientras no dejaba de frotarse las manos temblorosas. – ¿Sabes cual, no?- Alicia asintió- Dime, ¿crees que me gusta?-.

-Creo que sí, pero eso no es….-

-¿Lo crees? ¿Sólo lo crees o lo sabes? ¿Sabes que me gusta?-

-Sí, lo sé- reconoció con gesto abrumado – Claro que te gusta- ahora sonrió-

-Yo no te lo he dicho- negué con la cabeza- pero lo sabes. Porque lo toco, lo miro, lo acaricio, juego con ella con mis dedos mientras hablo contigo – le descubrí el hombro y le pellizqué suavemente en aquella manchita oscura-

-Eso es una tontería- insistió ella riéndose-Te estoy preguntando…

-Me estás preguntando una gilipollez, Alicia, la miré ahora en serio, me estás diciendo que no debo saber que me quieres porque nunca me lo has dicho.-

Entré de nuevo en la casa, la besé mientras le acariciaba el cuello, le tocaba el pelo, la nuca, los hombros, apretando mi cuerpo contra el de ella. Cerré la puerta.

Quizás tardé más en correrme de lo que Alicia esperaba. Ella siempre creía que su poder sexual sobre mí era semejante al que tenía sobre aquellos amantes adolescentes a los que les provocaba espasmos casi inmediatos con sus artimañas amatorias, y yo la dejaba creerlo. Sin embargo, aquella vez, la observé, miré cómo se mordía los labios mientras movía sus caderas sobre mí y me susurraba al oído que ya no aguantaba más. Soporté sus cambios de ritmo, continuos y precisos hasta que noté mi respiración más agitada y mordió mi cuello haciéndome gemir en una mezcla de placer y dolor llevadero. Pero no tuve un orgasmo hasta que le di la vuelta sobre la cama, y tumbado sobre ella, sorprendida, jadeante, le propiné sólo cuatro embestidas lentas, profundas, pausadas, casi sin rozarla. La toqué entre los muslos para encontrar la humedad de sus ansias de mí, y ella se rió, echó la cara hacia atrás, se abrazó a mi cuello sollozando, temblaban sus rodillas y tenía espasmos de tristeza, como una niña tras una profunda rabieta.

Me marché sabiendo que era poco probable que volviéramos a vernos. Nadie nunca nos relacionaría, sin nombrarnos el uno al otro quizás se pasarían los años, apenas echándonos de menos algunos jueves seguidos al principio, después alternados, después un jueves al mes…para acabar nombrándonos quizás en alguna reunión de amigos, en la tercera o cuarta copa, al cabo de los años , y darnos cuenta de que sólo recordamos una silueta, unos rasgos generales, un color de pelo, una mueca… pero un todo inexistente ya, ahogado por el paso del tiempo.

Quizás entonces recuerde que no volví a llamarla por prudencia, porque me dio vergüenza y luego tampoco lo hice porque empecé a salir con una compañera de trabajo que me absorbió no sólo los jueves, sino todos los días de la semana, y después ya me dio más vergüenza.

Y también pensaré que qué más da. Pero me preguntaré si estará bien, si se acordará de mí en alguna ocasión, porque si nadie nos recuerda, si alguien que nos ha conocido en un momento de su vida, nos olvida para siempre, es como si en realidad no hubiéramos existido en esos momentos compartidos. Si nadie da fe de aquellos jueves, ni sus recuerdos, ni los míos… quién sabe si existieron de verdad en algún momento de nuestras vidas.