El instante

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Hubo un momento en que lo único que importaba es que el otro no se sintiera nunca solo, que respirara la caricia y el suspiro , el aliento y el olor del otro en la distancia. Hubo un momento que lo logramos. Nos tocábamos y nos olíamos, nos acariciábamos y nos protegíamos. Existía un halo de protección sobre nosotros que era inquebrantable, indisoluble, nunca pensamos que fuera frágil ni débil, al contrario; sabíamos que era hormigón, cimientos, que la complicidad era un muro, que los sentimientos eran rocas y que ya podía venir el mar a erosionar que estaba de nuestra parte… Era el mar, la playa… Nuestro sitio ¿cómo no iba a estar de nuestra parte?. Hubo un tiempo en que el vuelo de mi falda era abrazo y tus brazos eran puentes. Hubo un tiempo en el que el final nos hacía reír porque no existía, porque ¿acaso el horizonte tenía fin? porque era inalcanzable tener motivos suficientes para no querernos cada minuto. Hubo un tiempo que las certezas ocupaban a los besos y los finales nos los apagábamos con saliva para que el otro no los nombrara, para que el otro no los sufriera. Hubo un momento en el que a la pregunta de qué pasará si un día no nos compensa contestábamos que eso no iba a ocurrir. Hubo un momento en el que los para siempre fueron de verdad y los nunca olvidarnos una evidencia, los estaremos siempre una marca en la piel y los por encima de todo tú, una simpleza. Hubo un momento en el que vivimos de sueños porque soñarnos era vivir y porque vivir era desearnos. Porque los verbos no se conjugaban de manera correcta y porque las definiciones solo las entendíamos nosotros. Y ese mundo de fuera no importaba porque los cuerdos éramos nosotros y los locos los demás. Hubo un momento en el que quererte era el premio y no al revés, en que el poema eras tú y no las letras que sangrábamos, en que la tierra me daba flores porque me querías jardinera, en el que yo era guapa porque tú querías.
Y se nos fue la tierra entre los dedos, y dejamos que los cuerdos nos convencieran, y otras flores con otro nombre crecieron en tus manos, confiaste en la llegada, en la brisa nueva y no en mi estancia infinita a tu lado hasta el momento… Confiaste en repetirme y manchaste tus palabras repitiéndolas. Y los sueños se cerraron como las noches que no nos tuvimos y la vida era complicada y vulgar, y la dejamos invadirnos y convencernos de que nos equivocábamos y dejamos que las patas de lo absurdo fueran pulpos y telarañas en vez de saltamontes y erizos. Y dejamos que nos hicieran daño los rayos del sol al caer la luna en la que te esperaba y la estrella, la única estrella que nos abrumaba y sostenía. Y nos dejamos morir porque seguramente así tenía que ser. Y tras las heridas y la sangres, tras los golpes y las roturas, tras los eclipses y las tormentas yo solo sé que por un sólo instante fue verdad.  Y qué hay más real que uno mismo sintiendo.

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¿Y para qué?

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Imagen                       Se puede querer de una sola vez, de un solo bocado. Con lengua ávida o con mirada triste. Se puede obtener placer de aquellas manos que, en la distancia, andas toqueteando con inexpertas caricias, con texturas de barros pasados, de arenas rojizas de otros tiempos.

Se puede sentir la belleza de una sola vez, de un solo trago. Se puede desvestir el alma para entenderla o simplemente para comerla a mordiscos, a traición y con despecho.  Se puede estar lejos o cerca, encima del vientre que tanto te gusta o debajo de los ojos que te desean. Se puede. Se puede ser tormenta de besos en pocas palabras, en momentos críticos, en mojados tiempos. Se puede y se tiene que ser aroma a recuerdos, amizcle de pieles, vainilla y caramelo. Y, aún así, oler a salado, oler a sexo.

Se puede ser la espera de silencios, la transparencia, la discreción y quien templa los nervios y, aún así, amar como lobos, como animales de fuego.

Se puede saber cómo saben tus besos, qué empuja el gemido, cómo duelen las ganas de mí entre tantas ganas… Y, aún así, olvidar tu aliento.

Se puede, se debe querer tanto en tan poco espacio, en tan infinito tiempo.

Te debía un verbo

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images Te debía un verbo

      Se rompen los cristales y los espejos, las tormentas y los sueños. Nacen las luces del día y apagas el eco de tu voz diciendo te quiero. Mueren las flores de un día porque para ello nacen bonitas, desayunas besos de azúcar imaginando un recuerdo. Comemos litros de letras, marcamos con lápiz el camino de regreso, recordamos sus golpes en la ventana y sonreímos.
Mordemos la tristeza porque no tenemos tiempo, secamos al sol las sábanas que mojamos con las manos dentro. Pintamos con acrílicos y rajamos las telas olvidadas. Abrimos las puertas para que entre la música, cerramos corazones porque están helados, buscamos su aroma en un frasco, cortamos hojas de verano.
Rozamos nuestra nariz con el frío, estornudamos cuando un mal pensamiento nos sopla, bebemos cremas de belleza, compartimos perfume anhelado, fumamos aires de postales rotas. Descolgamos teléfonos que no marcamos. Encontramos la manera, nos quedamos y nos fuimos. Estaremos o no seremos. Inventamos el escenario, los personajes y la banda sonora. Rugimos y gritamos onomatopeyas tristes, alegres, excitadas.

Deshicimos el camino y se borraron las huellas de la arena. Las desencuentra el farero, las desaprende la sirena. Suenan las notas de una canción, aplaudimos con la mirada y nos fundimos en besos. O en negro.

Tragamos victorias y asumimos derrotas, suavizamos lazos, elevamos cuerdas, fotografiamos columpios, retazos de pieles, almanaques tachando las fechas. Escribimos un cuento; con tus ideas, con tu eres, con mi soy, con que escribirás, con mi creer en ti.

Construimos sin plano y sin plano borramos. Apartamos ropa con los dedos y el pelo de la nuca, besamos gestos según la hora del día, corrimos pisando charcos y aparcamos coches en carreteras perdidas.

Supimos o no supimos, meditamos o no pensamos, acertamos o nos equivocamos.

Regalamos vainillas y moras, bautizamos fugaces creyéndolas fijas, firmamos solemnes con apellidos declaraciones juradas, rozamos el cielo aunque no haya que bajar nada de él. No olvidarte de sonreír, nunca, como nota mental aprendida de ti.

Inventaste el verbo que me quería y yo te lo debía: Otoñear me gusta, aunque sea un sueño.

Te otoñeo.

La primera frase

La primera frase es la más importante. Para empezar un libro, quiero decir. Los finales pueden serlo también, pero ya sabemos que existen los finales que resumen la esencia de la historia, los que la dejan ahí, a buen entendedor y los cortantes como hielo, los menos barrocos y quizás más inquietantes. Pero una primera frase de un libro es esencial.
Total, que iba yo pensando en esto y recordando algunos inicios maravillosos y seleccionando mentalmente mis preferidos cuando he dicho ah, pues voy a escribir un post con las diez mejores frases que inician un libro. Y por qué diez, he seguido pensando, si a lo mejor sólo te entusiasman tres, o cinco o dos. Qué manía de encuadrar, hacer listas, redondear números y otorgarle aspecto de mala excel a cualquier bonito texto que no tiene por qué estar enumerado. Esa especie de bronca que me he echado sola (y que suelen ser habituales cuando me descubro encorsetándome en formas de pensar o evaluar o entender) ha concluido con un “no vas a escribir nada” porque tú ya sabes que es la primera frase de “Ana Karenina” la que te encanta, la entrada bárbara de “La señora Dalloway” la que siempre resaltas y quizás, apurando, el inicio de “El Guardián entre el centeno”, que ya para ti no es ni inicio ni fin porque esa novela parece construida, al completo, con una sola frase. Y todo esto, ya te lo sabes, no aprenderías nada nuevo ni tiene un interés más allá de ti digno de resaltar. Así que no voy a escribir una lista, sino una inercia.
La primera frase que dice al llegar a casa es “¿me has echado de menos?” y quizás las respuestas han ido variando tanto con el tiempo que ya solo sonrío mientras comienzo a hablar de cualquier otra cosa. Las respuestas varían y la pregunta nunca. ¿Serían entonces tan válidas las primeras frases de cada novela si con el tiempo reescribieran las historias y cambiaran las respuestas? Ay, pues yo qué sé, la verdad. Y vuelve la bronca a mi cabeza por preguntarme absurdeces. Pero sigo pensando en inercias; inercias perennes o inercias nómadas. Inercias que encajan perfectamente con un modo de vida que nos cuadra y al que no tenemos nada que objetarle porque está bien. Todos estamos bien y es común hablar de inercias como culpables y de nosotros como ovejas arrastradas por ellas, las inercias. Unas “partículas” que cualquier literatura envilece y las hace las brujas de las películas. Y hablo de ellas en plural porque son muchas: pequeñas, grandes, rápidas, lentas, mortales, graciosas… Inercias al fin y al cabo. Malas inercias cuando queremos deshacernos de responsabilidad, buenas inercias, cuando las llamamos “bonitas costumbres”. Al final las elegimos o no, más bien les damos el timón de tantas cosas que no podemos o queremos decidir y nos hacemos un poco los locos si un día fallan o no nos dan la emoción que produce arriesgarse a discutir con ellas. Menudo lío, eh. Discutir con una inercia, calla, calla. Emocionante, sí, pero qué lío…
Y que nos toque rehacer la novela entera! si con la primera frase de la historia ya podemos tener obra de arte para rato.
Algunas inercias tienen suerte: no las cuestionamos, las enderezamos si un día nos dan problemas, las asumimos como decisiones propias y tiramos con ellas al fin del mundo. Otras, en cambio, si se dejan ver rápido, si se desnudan ante nosotros y nos hacen cuestionarnos nuestra valentía, las echamos rápido, las matamos. No se pueden atrever a ponernos ante el espejo de forma tan poco elegante y enseñando cartas tan rápido. Una inercia tiene que saber jugar con nosotros y estar a nuestra altura, por supuesto. Tiene incluso que ser más lista que nosotros… O se queda en relato de páginas descosidas y nunca llegará a ser Orgullo y Prejuicio.
Pero nunca dejo de preguntarme si siempre es positivo que la inercia lista y envolvente nos haga la mejor novela de nuestra vida sin permitirnos cambiar una coma y negativa la inercia que descubrimos queriendo advertirnos de que nos dejamos embaucar por ella y que matamos haciendo un relato breve. No dejo de preguntármelo porque no sé si una sola frase escrita con firmeza por nosotros no tiene más valor que todas las obras literarias escritas por la inteligente inercia que decidió por nosotros. Y tampoco sé si unas manos sujetando la barbilla y la mandíbula mientras contestan “a ti” tras preguntar un “qué miras”, son las manos que iniciarían novelas o cerrarían el relato más breve de mi vida.